[Imaginación urbana] ¿Por qué no hacemos nuestro propio Parquemet?

Cada invierno vemos las mismas noticias. Llega un sistema frontal, las quebradas vuelven a conducir el agua, los humedales recuperan parte de su extensión natural y la conversación concluye, una vez más, en que el territorio sigue funcionando como siempre lo ha hecho. El rumor un posible desborde de los ríos tras las lluvias y de zonas mal planificadas que podrían ser afectadas se extiende entre las personas. Lo que cambia no es la naturaleza. Lo que cambia es la ciudad, que durante décadas ha ocupado esos espacios, ha reducido su capacidad de absorber las lluvias y luego se sorprende cuando el agua intenta volver a esos mismos lugares.

El sistema frontal que hoy nos afecta en la conurbación ha sido de una escala tal que supera todos los episodios anteriores en las últimas décadas. Ante la gravedad de la situación, este evento climático no solo exige que las autoridades cumplan con sus responsabilidades políticas, sino que la coyuntura de los acontecimientos los obliga a asumir la responsabilidad histórica de solucionar eficazmente los graves problemas de planificación territorial que enfrenta La Serena y Coquimbo en su crecimiento como nueva zona metropolitana. Esa responsabilidad no consiste únicamente en reconstruir lo que el temporal ha dañado. Consiste en impedir que las próximas generaciones vuelvan a enfrentar exactamente los mismos problemas. Y para ello será necesario adoptar decisiones difíciles, pero que son ineludibles ante lo sucedido.

Para lograrlo, no es necesario ir muy lejos, en nuestro país tenemos experiencias que pueden resultarnos de inspiración. Quizás ha llegado el momento de preguntarnos por qué no desarrollamos nuestro propio Parquemet. Así como Santiago aprovechó la ribera del Mapocho y sus cerros isla para construir una red metropolitana de parques, la conurbación dispone de una infraestructura natural extraordinaria formada por quebradas, humedales, sistemas dunares y cauces que recorren ambas comunas. Esos espacios ya existen. No es necesario construirlos. Solo hace falta dejar de destruirlos y comenzar a integrarlos como parte de la ciudad.

Durante demasiado tiempo estos lugares han sido vistos como terrenos disponibles para urbanizar. Sin embargo, cumplen funciones que ninguna obra de ingeniería puede reemplazar completamente. Las quebradas transportan naturalmente las aguas lluvias. Los humedales almacenan excedentes hídricos y reducen inundaciones. Las dunas amortiguan procesos costeros y ayudan a proteger las playas. Cada vez que la ciudad elimina uno de estos sistemas, termina obligándose a construir canales, colectores, muros, piscinas decantadoras y otras infraestructuras cuyo costo supera ampliamente el de haber conservado el funcionamiento natural del territorio.

En un contexto de estrechez fiscal como el que enfrenta actualmente el país, esta discusión adquiere una dimensión aún más evidente. Resulta difícil justificar que el Estado continúe invirtiendo miles de millones de pesos en grandes obras destinadas a corregir problemas que la propia naturaleza resolvía gratuitamente antes de que decidiéramos intervenirla. La infraestructura natural ya existe. No requiere ser construida desde cero. Requiere ser protegida, restaurada y gestionada. En muchos casos, esa estrategia representa una solución considerablemente más económica que reemplazar procesos ecológicos por infraestructura gris de alta complejidad, costosa de mantener y muchas veces insuficiente frente a eventos extremos como el que estamos viviendo.

Por supuesto, ello no significa renunciar completamente a las obras de ingeniería. Significa utilizarlas donde realmente son necesarias y dejar que la naturaleza haga aquello para lo que lleva miles de años preparada. Una correcta planificación urbana no contrapone infraestructura natural e infraestructura artificial, más bien, busca que ambas trabajen conjuntamente. Sin embargo, en la conurbación seguimos actuando muchas veces como si la primera fuera un obstáculo para la segunda.

La ausencia de un gobierno metropolitano constituye una dificultad, pero no una excusa. La coordinación entre los municipios de La Serena y Coquimbo, el Gobierno Regional, las Seremías de los Ministerio de Vivienda y Urbanismo, el Ministerio del Medio Ambiente, el Ministerio de Obras Públicas y los demás organismos competentes permite comenzar a construir una visión compartida del territorio. Esa visión deberá considerar expropiaciones estratégicas cuando resulten indispensables, intercambios de suelo fiscal con propietarios afectados, declaratorias de protección ambiental, programas de relocalización para asentamientos emplazados en zonas de riesgo y la transformación de sectores vulnerables en parques inundables capaces de convivir con el agua en lugar de combatirla permanentemente.

El principal testimonio que deja este sistema frontal no corresponde únicamente a los daños observados, sino a la relación existente entre ellos y la forma en que la ciudad ha ocupado el territorio durante las últimas décadas. Las imágenes muestran que buena parte de las áreas más afectadas coincide con espacios donde la infraestructura natural fue eliminada, reducida o desconectada de su funcionamiento original. Esa coincidencia obliga a revisar críticamente los criterios con que se ha planificado el crecimiento de la conurbación. La evidencia disponible demuestra que la infraestructura natural no constituye un obstáculo para el desarrollo urbano, sino una condición para que ese desarrollo sea sostenible en el tiempo. Integrar los sistemas naturales que aún conservamos representa, probablemente, una de las decisiones más importantes que deberá asumir la planificación metropolitana de la conurbación durante las próximas décadas. Y eso no se trata de una interpretación ideológica, sino de una constatación territorial que la planificación urbana y la evidencia científica vienen señalando desde hace décadas.

La conurbación posee una oportunidad que pocas ciudades tienen. Gran parte de la infraestructura que necesita para adaptarse al cambio climático ya fue construida por la propia naturaleza. Mientras otras ciudades deben invertir enormes recursos para crear corredores ecológicos, recuperar cauces o restaurar humedales desaparecidos, La Serena y Coquimbo todavía conservan varios de esos sistemas. La verdadera pregunta no es cuánto costará construir un gran sistema metropolitano de parques, sino que cuánto más costará seguir destruyendo la infraestructura natural que ya tenemos, con sus evidentes efectos en las ciudades. Porque cada quebrada rellenada, cada humedal intervenido y cada sistema dunar fragmentado terminarán siendo reemplazados por obras que nunca alcanzarán la eficiencia, la resiliencia y el bajo costo de aquello que la naturaleza nos entregó gratuitamente y que estamos desaprovechando.