La zona de Coquimbo y La Serena en la época prehispana

La zona de Coquimbo y La Serena fue un territorio intensamente ocupado antes de la llegada española. La bahía de Coquimbo, la desembocadura del río Elqui, las terrazas costeras, los humedales, las quebradas, los cerros bajos y los valles interiores formaron un sistema territorial articulado. Las comunidades prehispánicas habitaron este espacio como una red entre mar, valle e interior. Esa red permitió obtener recursos marinos, agua dulce, suelos agrícolas, materias primas líticas, metales, madera, fibras vegetales, frutos silvestres y rutas de circulación hacia la cordillera y otros valles transversales.

La ocupación prehispánica de esta zona debe entenderse como una secuencia de larga duración. El Museo Arqueológico de La Serena organiza esta historia regional desde el Período Paleoindio, entre 12.000 y 9.000 a. C.; el Período Arcaico, entre 9.000 y 300 a. C.; la Cultura Molle, entre 300 a. C. y 800 d. C.; la Cultura Las Ánimas, en torno al primer milenio d. C.; la Cultura Diaguita, desde aproximadamente 1000 d. C. hasta el siglo XVI; y la ocupación inka, entre 1470 y 1530 aproximadamente. Estas fechas son aproximadas, porque cada sitio arqueológico posee secuencias propias y porque las investigaciones han ido ajustando las periodizaciones con nuevos hallazgos.

Durante el Período Paleoindio, las evidencias regionales muestran la presencia de grupos cazadores que se desplazaban por ambientes distintos a los actuales. En el norte semiárido, los sitios más citados para esta etapa se ubican hacia el sur de la Región de Coquimbo, como Quebrada de Quereo y Quebrada Santa Julia, donde se han identificado asociaciones entre instrumentos líticos y fauna extinta. Esta etapa sirve como antecedente regional, aunque la ocupación más visible para la actual conurbación La Serena-Coquimbo aparece con mayor fuerza en el Período Arcaico, cuando las poblaciones costeras usaron de manera reiterada sectores como Punta Teatinos, La Herradura, Guanaqueros y Peñuelas.

El Período Arcaico transformó profundamente la relación entre los grupos humanos y el litoral. Las comunidades arcaicas fueron cazadoras, recolectoras y pescadoras. Estas comunidades se movieron entre cordillera y costa, y adaptaron sus herramientas, alimentos y prácticas rituales a un ambiente más parecido al actual. La presencia de sitios en Punta Teatinos, La Herradura, Guanaqueros y Peñuelas muestra que la actual franja costera de La Serena y Coquimbo ya funcionaba como un espacio de asentamiento, recolección, pesca, entierro y circulación.

Punta Teatinos es uno de los sitios fundamentales para comprender esta etapa y sus continuidades posteriores. Este sitio se ubica en la costa semiárida y ha sido estudiado como conchal, cementerio y espacio de relación entre comunidades humanas y recursos marinos. Los estudios recientes sobre fauna invertebrada en Punta Teatinos permiten reconocer distintos modos de relación con la costa: uno más integrado al mundo marino, otro con influencias de fuentes de subsistencia distintas y uno final articulado con el interior. Esta secuencia muestra que el litoral no fue un margen secundario, sino un lugar activo de producción, alimentación, movilidad y encuentro.

La Cultura Molle marcó una nueva etapa en la zona. Las comunidades molles fueron aldeanas, agricultoras, pastoras, ceramistas y metalurgistas. Estas comunidades ocuparon valles, quebradas, interfluvios y sectores costeros. Sus objetos más característicos incluyen tembetás, pipas de piedra, artefactos de plata y cobre, objetos de oro y cerámica. El tembetá, que era un adorno dispuesto en el labio inferior, funciona como un objeto histórico especialmente significativo porque permite reconocer identidad corporal, prácticas sociales y diferenciación cultural.

La ocupación Molle en la zona de La Serena-Coquimbo no debe entenderse solo desde el valle interior. El Museo Arqueológico de La Serena identifica presencia temprana en sectores costeros como Punta Teatinos, Quebrada El Romeral y Guanaqueros. El sitio El Olivar, ubicado en Compañía Baja, también conserva evidencias tempranas asociadas a la Cultura El Molle, especialmente conchales que muestran una ocupación inicial dentro de una secuencia posterior mucho más amplia.

La Cultura Las Ánimas representó una etapa intermedia y decisiva. Estas comunidades utilizaron valles y litoral, mantuvieron movilidad pastoril con camélidos, desarrollaron producción metalúrgica, practicaron horticultura, recolectaron frutos como algarrobo y chañar, y realizaron actividades en el borde costero. Esta etapa muestra una continuidad con prácticas anteriores, pero también anuncia rasgos que luego serán centrales en la Cultura Diaguita.

La Plaza de Armas de Coquimbo posee una importancia especial para esta periodización. A comienzos de la década de 1980 se descubrió allí un cementerio adscrito al complejo cultural Las Ánimas. Ese hallazgo fue importante porque ayudó a diferenciar Las Ánimas de la Cultura Diaguita, especialmente por sus patrones funerarios y por la presencia ritual de camélidos. En términos patrimoniales actuales, este antecedente permite comprender que el centro urbano de Coquimbo no se levantó sobre un espacio vacío, sino sobre un territorio con historia anterior a la ciudad moderna.

El Domo Cultura Ánimas, ubicado junto a la Plaza de Armas de Coquimbo, constituye una referencia patrimonial presente asociada a este hallazgo. El Domo Cultura Ánimas fue inaugurado en 2005 y que su sala principal exhibe una reproducción de los entierros encontrados en 1981, cumpliendo una función de mediación patrimonial.

La Cultura Diaguita consolidó una identidad regional reconocible en la actual Región de Coquimbo. Las comunidades diaguitas ocuparon sectores costeros, valles bajos, valles medios e interiores. Sus asentamientos y cementerios se han identificado en Altovalsol, hacienda Quilacán, La Calera, Punta de Piedra, El Tambo, San Carlos y también en el centro urbano de La Serena. Esta dispersión muestra que el valle del Elqui funcionó como un corredor de vida, circulación, producción agrícola, ritualidad y conexión entre costa y cordillera.

Los objetos diaguitas permiten describir esta etapa con especial claridad. La cerámica diaguita utilizó formas antropomorfas y zoomorfas, decoraciones geométricas y colores rojo, negro y blanco. Las comunidades diaguitas también elaboraron anzuelos, cinceles, pinzas de cobre, manos de moler, morteros, puntas de proyectil, espátulas de hueso, tubos para aspirar sustancias, agujas para redes de pesca, cabezales de arpón y ornamentos de oro, plata y cobre. Estos objetos muestran una sociedad con agricultura, pesca, molienda, metalurgia, ritualidad, tecnología textil y movilidad costera.

El sitio El Olivar es el principal punto arqueológico para comprender la profundidad temporal de la ocupación en La Serena. El sitio se ubica en Compañía Baja y posee alrededor de 35 hectáreas de superficie. Sus vestigios reúnen siete siglos de ocupación prehispánica continua, desde conchales tempranos asociados a la Cultura El Molle hasta áreas habitacionales y funerarias vinculadas con Las Ánimas y, sobre todo, con la Cultura Diaguita. Por su extensión, densidad y profundidad temporal, el Museo Arqueológico de La Serena lo describe como el sitio más importante para el estudio del mundo diaguita.

Las piezas procedentes de El Olivar permiten observar diferencias y continuidades entre Las Ánimas, Diaguita e Inka-Diaguita. La colección incluye vasijas troncocónicas Ánimas, fuentes diaguitas, cuencos diaguitas, botellas aysana, escudillas diaguitas, cuencos ornitomorfos diaguita-inka, platos de paredes altas, jarros zapato antropomorfos, escudillas zoomorfas, collares de turquesa, platos planos diaguita-inka y keros dobles diaguita-inka. Estos objetos son históricos porque registran formas de comer, almacenar, ofrendar, representar animales, marcar jerarquías y dialogar con influencias externas sin perder una impronta local.

La diferencia entre Las Ánimas y Diaguita no fue una ruptura absoluta. Las investigaciones señalan que Las Ánimas precedió a la Cultura Diaguita y que algunos sitios como Puerto Aldea, Punta Teatinos, Punta de Piedra y Plaza de Coquimbo permitieron redefinir el origen de la Cultura Diaguita chilena. Las formas cerámicas, los colores, los motivos geométricos y ciertos patrones funerarios muestran continuidad, pero la Cultura Diaguita desarrolló una expresión material más reconocible por su cerámica policroma, sus formas zoomorfas y antropomorfas, y una integración más amplia entre valle, costa e interior.

La llegada del Tawantinsuyo modificó ese entramado, pero no lo reemplazó por completo. La ocupación inka influyó en la Cultura Diaguita mediante nuevos formatos cerámicos, como aríbalos, jarros pato, escudillas, platos campaniformes, copas y ollas de pie. El mundo inka también incorporó innovaciones en metalurgia, como tupus y tumis, y reutilizó formas locales con esquemas andinos. La persistencia de diseños diaguitas dentro de objetos inka-diaguitas muestra una continuidad cultural dentro de un marco político imperial.

El dominio inka necesitó caminos, centros de control, circulación de bienes, articulación política y conocimiento local. El Qhapaq Ñan fue la columna vertebral política y económica del Tawantinsuyo, y conectó centros productivos, administrativos y ceremoniales en una escala continental. En Chile, el sistema vial se vinculó con la obtención de recursos minerales y con el intercambio con poblaciones locales, entre ellas diaguitas y copiapoes. En el valle del Elqui existen indicios materiales y memorias territoriales sobre caminos antiguos vinculados al mundo inka, aunque las investigaciones sobre esta zona todavía presentan debates y niveles distintos de certeza.

La importancia de la zona para el Imperio inka se explica por tres razones principales. La primera razón fue geográfica, porque el valle del Elqui conectaba costa, valle bajo, valle medio y cordillera. La segunda razón fue productiva, porque existían comunidades agricultoras, pastoriles, metalúrgicas y alfareras con conocimientos acumulados durante siglos. La tercera razón fue política, porque los diaguitas ya poseían una red territorial que podía ser incorporada, negociada o subordinada dentro de una administración imperial. El Tawantinsuyo encontró en el Norte Semiárido aliados importantes en la sociedad diaguita, los cuales participaron en la expansión hacia regiones vecinas.

Las fuentes documentales coloniales permiten observar cómo los españoles reconocieron esa importancia territorial. Jerónimo de Vivar escribió una de las primeras crónicas sobre la conquista de Chile y dedicó un capítulo al valle de Coquimbo. La crónica señala que el valle era ancho, tenía río, poseía mucha población, contaba con acequias, ofrecía alimentos y presentaba metales de cobre y de otras clases. Esa descripción debe leerse críticamente, porque pertenece a una mirada de conquista, pero confirma que los españoles encontraron un territorio ya organizado, productivo y estratégicamente valioso.

Ese entramado prehispánico fue fundamental para la ocupación española posterior. Los españoles no eligieron la zona de La Serena y Coquimbo solamente por su cercanía al mar. La eligieron porque el valle del Elqui ofrecía agua, alimentos, población local, rutas interiores, acceso al puerto natural de Coquimbo y continuidad con caminos usados antes de la conquista. La fundación de La Serena en el siglo XVI aprovechó una geografía ya ocupada y una red territorial que venía desde tiempos prehispánicos. Por eso, la ciudad colonial debe entenderse como una ocupación impuesta sobre un paisaje indígena anterior, no como el comienzo absoluto de la historia urbana local.

La principal continuidad entre la época prehispánica, el dominio inka y la ocupación española fue la articulación entre mar y valle. Punta Teatinos, Peñuelas, La Herradura, Guanaqueros, El Olivar, Plaza de Coquimbo, Altovalsol, Punta de Piedra, La Calera y El Tambo muestran que las comunidades utilizaron distintos pisos ecológicos de manera complementaria. La costa entregó mariscos, peces, conchas y espacios funerarios. El valle entregó agua, agricultura, frutos, arcillas, rutas y asentamientos. La cordillera y los interfluvios entregaron minerales, pastos, circulación y lugares simbólicos.

La principal diferencia entre los periodos estuvo en la escala de organización. Las comunidades arcaicas organizaron su vida en torno a la movilidad, la recolección, la pesca y la caza. Las comunidades molles incorporaron con mayor fuerza la agricultura, la cerámica, la metalurgia y aldeas. Las comunidades Las Ánimas mantuvieron el vínculo con camélidos, litoral, horticultura y prácticas funerarias complejas. Las comunidades diaguitas consolidaron una cultura regional de amplia expresión cerámica, agrícola, pastoril, costera y ritual. El Tawantinsuyo introdujo una escala imperial, nuevas formas materiales, caminos, control político y articulación con redes andinas mayores. La conquista española interrumpió violentamente esta evolución, pero también reutilizó muchas de sus bases territoriales.

En la actualidad, varios inmuebles, sitios y espacios urbanos permiten reconocer esa historia. El Museo Arqueológico de La Serena conserva colecciones arqueológicas, bioantropológicas y etnográficas procedentes de diversos sitios regionales, entre ellos El Olivar, Peñuelas, El Cerrito y Los Choros. El sitio El Olivar conserva la memoria material de Compañía Baja como antiguo asentamiento y necrópolis. La Plaza de Armas de Coquimbo y el Domo Cultura Ánimas remiten al cementerio Las Ánimas descubierto bajo el centro urbano. Punta Teatinos, La Herradura, Guanaqueros y Peñuelas recuerdan la profundidad costera de la ocupación. Altovalsol, Punta de Piedra, La Calera, San Carlos y El Tambo muestran la continuidad del poblamiento hacia el interior del valle del Elqui.

Bibliografía y fuentes consultadas

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Paola González. (2017). Sitio El Olivar. Su importancia para la reconstrucción de la prehistoria de las comunidades agroalfareras del Norte Semiárido chileno. https://www.museoarqueologicolaserena.gob.cl/publicaciones/sitio-el-olivar-su-importancia-para-la-reconstruccion-de-la-prehistoria-de-las

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