[Realidad urbana] Humedales y dunas: la infraestructura natural que la ciudad aún no aprende a valorar

Durante décadas, los humedales y campos dunares de la conurbación de La Serena y Coquimbo fueron considerados espacios vacíos. La planificación urbana los observó como terrenos disponibles para la expansión de la ciudad o como áreas improductivas que podían ser rellenadas, fragmentadas o intervenidas sin mayores consecuencias. Hoy resulta evidente que esa interpretación fue equivocada. Ambos ecosistemas constituyen una infraestructura natural indispensable para el funcionamiento del territorio y para la calidad de vida de quienes lo habitan.

La evidencia científica ha demostrado que los humedales desempeñan funciones que difícilmente pueden ser reemplazadas por obras de ingeniería. Regulan el ciclo hidrológico, almacenan temporalmente el agua durante lluvias intensas, contribuyen a disminuir inundaciones, filtran contaminantes, mantienen la biodiversidad y moderan las temperaturas locales. Las dunas, por su parte, cumplen un papel esencial en la dinámica costera. Actúan como reservas naturales de arena, amortiguan la energía del viento y del oleaje, reducen los efectos de las marejadas y permiten que las playas recuperen parte de los sedimentos perdidos después de eventos extremos. Ambos sistemas funcionan de manera integrada y sostienen buena parte del equilibrio ambiental del borde costero.

La conurbación ofrece ejemplos que ilustran tanto su valor como su fragilidad. El humedal El Culebrón constituye uno de los principales refugios de biodiversidad de la bahía de Coquimbo y presta importantes servicios ecosistémicos a una ciudad densamente urbanizada. La desembocadura del río Elqui y los remanentes de sistemas dunares distribuidos a lo largo del borde costero representan algunos de los principales componentes de la infraestructura natural que aún conserva la conurbación. Todos ellos enfrentan presiones derivadas de la expansión inmobiliaria, la fragmentación del territorio, el tránsito de vehículos, los rellenos, la basura y la ausencia de una planificación que comprenda plenamente su funcionamiento.

El problema no consiste únicamente en construir sobre humedales o dunas. También surge cuando la ciudad se desarrolla ignorando su existencia. Urbanizaciones que interrumpen corredores ecológicos, vialidades que alteran el escurrimiento natural de las aguas, paseos costeros que fijan dunas móviles sin estudios suficientes o proyectos que aíslan estos ecosistemas mediante cierres y barreras físicas terminan debilitando procesos naturales que operan a escala territorial. La consecuencia no siempre es inmediata, pero suele manifestarse años después mediante inundaciones más frecuentes, pérdida de biodiversidad, erosión costera o mayores costos de mantenimiento para la propia ciudad.

El crecimiento urbano de la ciudad debería abandonar definitivamente la idea de que estos espacios representan reservas para futuras urbanizaciones. Su verdadero valor no radica en el suelo que ocupan, sino en los beneficios permanentes que entregan al conjunto de la ciudad. Esa perspectiva exige incorporar los servicios ecosistémicos como un criterio de planificación equivalente al que hoy se otorga a la movilidad, la vivienda o la infraestructura pública.

La solución ideal consistiría en planificar la conurbación considerando humedales, dunas, quebradas y playas como una red continua de infraestructura verde y azul. Ello permitiría diseñar corredores ecológicos, definir zonas de amortiguación, orientar el crecimiento urbano hacia sectores más aptos y transformar estos espacios en componentes activos del paisaje urbano mediante senderos, miradores, educación ambiental y programas permanentes de conservación.

Una alternativa más inmediata y realista pasa por fortalecer los instrumentos ya existentes. La protección legal de humedales urbanos, la incorporación de estos ecosistemas en los planes reguladores comunales e intercomunales, la restauración de sectores degradados y un monitoreo científico permanente representan medidas perfectamente alcanzables dentro del marco institucional vigente. No resolverán por sí solas todos los problemas, pero permitirán que las decisiones futuras se adopten con mayor información y una visión de largo plazo.

El temporal que actualmente afecta a la conurbación vuelve a recordar que los procesos naturales no constituyen anomalías, sino condiciones propias de nuestro territorio costero. Las inundaciones, el desborde de cursos de agua, la erosión del borde litoral y las dificultades que enfrentan diversos sectores urbanos muestran las consecuencias de haber ocupado, transformado o fragmentado ecosistemas cuya función precisamente consiste en amortiguar este tipo de fenómenos. El costo de estas decisiones se mide en infraestructura dañada, en recursos destinados a la recuperación, pero, principalmente, en la incertidumbre que enfrentan las familias, en la interrupción de la vida cotidiana y en una creciente vulnerabilidad urbana que pudo haberse reducido mediante una planificación más consistente con el conocimiento científico disponible. Persistir en ignorar los aportes de humedales, dunas y otros sistemas naturales significa trasladar al futuro costos sociales, económicos y ambientales que terminarán siendo asumidos por toda la comunidad.

Quizás uno de los mayores errores de la planificación contemporánea consiste en proyectar la ciudad únicamente a partir de la memoria reciente. Que un sector no se haya inundado en los últimos veinte años o que un tsunami no haya afectado una determinada zona durante un siglo no constituye una garantía para los próximos cien años. Los tiempos de la naturaleza, de las ciudades y de las familias son muy distintos. Una urbanización aprobada hoy probablemente continuará existiendo cuando quienes la proyectaron ya no estén, y las consecuencias de una decisión equivocada serán heredadas por hijos, nietos y bisnietos que deberán convivir con riesgos que pudieron evitarse. Planificar una ciudad exige pensar con la misma perspectiva temporal con que se construye: no pensando solamente en el próximo ciclo electoral ni para el siguiente boom inmobiliario, sino para las generaciones que recibirán el territorio que hoy estamos transformando. Esa es, quizás, la principal responsabilidad que implica construir ciudad.

En definitiva, la ciudad del siglo XXI no puede seguir creciendo a costa de los sistemas naturales que la sostienen. La modernización urbana no puede reducirse a reemplazar la naturaleza por infraestructura, sino que debe aprovechar el conocimiento científico disponible y los consensos de planificación territorial para comprender que ciertos espacios naturales constituyen la infraestructura más eficiente, resiliente y económica que una ciudad puede conservar. Nuestra conurbación, que se encuentra marcada por la escasez hídrica, las marejadas y el cambio climático, debe proteger humedales y dunas, las que ya no responden únicamente a una preocupación ambiental. Además, constituyen una decisión de planificación urbana.

Fuentes consultadas

Convención sobre los Humedales. (1971). Convención relativa a los Humedales de Importancia Internacional especialmente como Hábitat de Aves Acuáticas (Convención Ramsar). https://www.ramsar.org/es/la-convencion-sobre-los-humedales

Ministerio del Medio Ambiente. (2020). Guía de delimitación y caracterización de humedales urbanos de Chile. Gobierno de Chile. https://bibliotecadigital.ciren.cl/items/d5fef86b-8988-4056-89b5-c5ce0208eddc