[Imaginación urbana] La playa necesita planificación territorial

Durante mucho tiempo se asumió que las playas permanecían donde siempre habían estado. Hoy esa certeza ha desaparecido. Si las tendencias actuales continúan, es probable que durante las próximas décadas la bahía de La Serena y Coquimbo presente una franja de arena cada vez más reducida, obligando a proteger con obras de emergencia una infraestructura que originalmente nunca debió enfrentar directamente el oleaje.

Existe otra forma de abordar este escenario. Diversas ciudades costeras han dejado de reaccionar únicamente cuando ocurre un desastre y han comenzado a recuperar activamente sus playas. Uno de los casos más conocidos corresponde a Balneário Camboriú, en Brasil, donde se desarrolló un programa de alimentación artificial de playas que amplió considerablemente la franja de arena mediante el aporte controlado de sedimentos extraídos del fondo marino. La intervención no eliminó la dinámica natural del litoral, pero aumentó la capacidad de protección costera y mejoró el espacio público. Experiencias similares se han implementado en España, Países Bajos y Estados Unidos como parte de estrategias permanentes de adaptación costera.

Obras en la playa de Balneario Camboriú | Infobae

Pensar una intervención de esta naturaleza para la bahía de Coquimbo puede parecer una idea lejana. Sin embargo, probablemente será una discusión inevitable. Si la playa continúa retrocediendo, el costo de no actuar terminará siendo superior al de intervenir de manera planificada.

La solución ideal consistiría en desarrollar un plan integral para toda la bahía. Dicho plan debería estudiar el comportamiento sedimentario, identificar las fuentes de arena compatibles con el ecosistema, proyectar escenarios asociados al cambio climático y definir intervenciones periódicas de recuperación de playas acompañadas por la restauración de dunas y otros sistemas naturales de protección. No se trataría únicamente de agregar arena, sino de gestionar la bahía como una unidad territorial.

La alternativa más realista podría comenzar con un camino gradual. Un programa piloto en los sectores más afectados permitiría evaluar la efectividad de la alimentación artificial de playas, generar información técnica local y formar capacidades institucionales antes de emprender proyectos de mayor escala. Paralelamente, sería necesario consolidar un sistema permanente de monitoreo científico que permita anticipar los cambios y no actuar únicamente después de cada temporal.

Quizás dentro de algunas décadas resulte tan habitual hablar de recuperar playas como hoy lo es hablar de pavimentar calles o construir parques. La arena también forma parte de la infraestructura urbana. La diferencia es que, cuando desaparece, la ciudad pierde simultáneamente protección, paisaje y calidad de vida. Pensar en su recuperación no constituye una extravagancia técnica; puede transformarse en una de las principales tareas de adaptación urbana que tendrá la conurbación durante el siglo XXI.

Fuentes consultadas