[Mirada urbana] La playa también es ciudad

La playa de la bahía de Coquimbo suele entenderse como un paisaje natural o un atractivo turístico. Sin embargo, esa mirada resulta insuficiente para comprender el problema que enfrenta actualmente. La franja de arena constituye una infraestructura natural que protege el borde costero, amortigua el impacto de las marejadas, sostiene actividades económicas y configura la imagen urbana más reconocible de la conurbación. Su pérdida no representa únicamente un fenómeno ambiental, sino una transformación profunda de la ciudad.

Desde hace varios años, la playa presenta un retroceso sostenido. Los temporales de 2015 provocaron una importante pérdida de arena y, aunque el tsunami de septiembre de ese mismo año devolvió parte de los sedimentos, la recuperación nunca alcanzó las dimensiones históricas del arenal. Desde entonces, las marejadas, la alteración de los ciclos sedimentarios y el cambio climático han consolidado una tendencia que reduce progresivamente el ancho de la playa. Estudios recientes incluso estiman retrocesos promedio cercanos a 30 centímetros por año en sectores de La Serena, con tasas superiores durante las últimas dos décadas.

La discusión pública suele concentrarse en las consecuencias visibles. Cuando el mar alcanza el paseo costero o destruye accesos, la preocupación aumenta durante algunos días para luego desaparecer. Sin embargo, el problema comenzó mucho antes. Durante décadas, la planificación urbana asumió que la playa era un elemento permanente del paisaje y no un sistema dinámico que requiere monitoreo y gestión. La ciudad creció mirando al mar, pero pocas veces incorporó el comportamiento del mar dentro de sus decisiones de planificación.

Esta situación tiene implicancias que van mucho más allá del turismo. Una playa más estrecha reduce la capacidad de disipar la energía del oleaje, expone con mayor frecuencia la infraestructura costera, disminuye la resiliencia frente a eventos extremos y deteriora uno de los principales espacios públicos de la conurbación. La Avenida del Mar y la Costanera de Coquimbo no solo bordean un paisaje; dependen de él.

El diagnóstico exige abandonar la idea de que la erosión es un fenómeno excepcional. Hoy constituye una condición permanente que debe incorporarse a la gestión urbana. Ello implica fortalecer el monitoreo científico de la bahía, integrar la dinámica litoral en los instrumentos de planificación territorial, coordinar a las instituciones responsables del borde costero y evaluar periódicamente el estado de las playas como parte de la infraestructura estratégica de la ciudad.

La conservación de la playa ya no puede entenderse como un asunto exclusivamente ambiental. También constituye una política urbana. La conurbación nació y se desarrolló en torno a una bahía cuya arena ha definido su paisaje, su economía y su identidad. Cuidarla significa preservar uno de los espacios públicos más importantes del norte de Chile.

Fuentes consultadas