Las ciudades de La Serena y Coquimbo suelen tener problemas cuando ocurren lluvias. Sin embargo, el actual periodo de sequías había ocultado parcialmente estos efectos. Sin embargo, el sistema frontal de julio de 2026 en la Región de Coquimbo los expuso de manera radical e indiscutible. La activación de quebradas, los anegamientos, el deterioro de calzadas y las interrupciones de conectividad mostraron que una ciudad acostumbrada a la sequía también necesita prepararse para las lluvias. En La Serena, el catastro preliminar identificó daños en sectores como Monjitas Oriente, avenida Islón, avenida del Mar, Cuatro Esquinas, Camino San Ramón, Gabriela Mistral y El Romero. Varios de estos puntos ya figuraban entre los lugares sometidos a vigilancia por inundaciones, remociones en masa o problemas de evacuación de aguas. En Coquimbo, se suman sectores como El Sauce, la Rinconada y el Peñón.
La reconstrucción no debería limitarse a reponer los pavimentos y despejar los cauces afectados. Si las calles recuperan exactamente la misma configuración anterior, la inversión pública restablecerá también las condiciones que facilitaron los daños. El episodio ofrece la oportunidad de revisar cómo circula el agua por la conurbación y de incorporar soluciones capaces de retenerla, infiltrarla, almacenarla y conducirla sin exponer innecesariamente a viviendas, servicios y vías principales.
La primera medida consiste en comprender el drenaje urbano como un sistema. Las tuberías, colectores y canales corresponden a la llamada infraestructura gris. Los humedales, quebradas y riberas constituyen parte de la infraestructura azul, relacionada con los cursos y depósitos de agua. Los parques, jardines de lluvia, suelos permeables y áreas vegetadas forman la infraestructura verde. Ninguna de estas categorías resuelve por sí misma el problema. Una estrategia adecuada debe combinarlas de acuerdo con las características de cada sector.
Los colectores de aguas lluvias continúan siendo indispensables en las zonas densamente urbanizadas. Estas conducciones reciben el agua captada por sumideros y la trasladan hacia cauces o puntos de descarga previamente definidos. La conurbación requiere revisar la capacidad de sus redes, identificar tramos incompletos y corregir interrupciones producidas por urbanizaciones sucesivas. También deben evaluarse alcantarillas, atraviesos y canales cuya dimensión puede resultar insuficiente frente a caudales extraordinarios. Sin embargo, aumentar indefinidamente el tamaño de los colectores tampoco constituye una solución completa: si toda el agua se evacua con mayor rapidez hacia un mismo punto, el problema puede trasladarse hacia sectores ubicados aguas abajo.
Las propias calles deben diseñarse como componentes del drenaje. La pendiente de la calzada, la altura de las soleras y la ubicación de los sumideros determinan la dirección que seguirá el agua durante una precipitación intensa. Una vía correctamente proyectada puede conducir excedentes hacia un parque, un canal o un área de almacenamiento temporal. Una calle mal nivelada puede dirigirlos hacia viviendas, pasos bajo nivel o cruces congestionados. La reconstrucción de las vías dañadas debería corregir pendientes, aumentar captaciones en puntos bajos y establecer recorridos seguros para aquellos caudales que superen la capacidad ordinaria de la red.
Los jardines de lluvia ofrecen una solución de menor escala, pero multiplicable en numerosos lugares. Consisten en depresiones vegetadas que reciben agua desde una calle, una vereda, una techumbre o un estacionamiento. Durante la lluvia retienen temporalmente el caudal, permiten que los sedimentos se depositen y facilitan su infiltración o descarga gradual. Cuando las condiciones del suelo y del subsuelo lo permiten, también pueden contribuir a la recarga de las aguas subterráneas Podrían incorporarse en plazas, bandejones centrales, estacionamientos y bordes de calles. En el clima semiárido de la conurbación deberían utilizar vegetación nativa o adaptada a largos periodos secos. Su función no consiste en reemplazar los colectores, sino en reducir la cantidad de agua que llega simultáneamente a ellos.

Los pavimentos permeables permiten que una parte del agua atraviese la superficie y sea retenida en una base granular antes de infiltrarse o incorporarse lentamente al sistema de drenaje. Su aplicación resulta apropiada en estacionamientos, plazas, senderos, ciclovías, veredas y calles de tránsito moderado. No todas las calzadas principales pueden transformarse en superficies permeables, porque las cargas vehiculares y las condiciones del suelo imponen restricciones. Además, los poros se obstruyen si no se retiran periódicamente arena, polvo y sedimentos. Su utilidad depende, por tanto, de una mantención programada y de una selección adecuada de los lugares donde serán instalados.
Los pozos dren o pozos de infiltración pueden resolver anegamientos localizados. Estas obras reciben el agua desde uno o varios sumideros, la filtran y la almacenan temporalmente en un volumen subterráneo para que ingrese gradualmente al suelo. Su construcción suele ser más rápida y económica que la extensión de un gran colector, especialmente cuando el problema se concentra en una esquina o un tramo acotado. Esta solución también tiene la ventaja de que la comunidad organizada puede generarlos, con apoyo del Municipio, a través del Programa de Pavimentación Participativa (D.S. N°114). No obstante, antes de utilizarlos deben estudiarse la permeabilidad del terreno, la profundidad de la napa, la estabilidad del suelo y la posible presencia de contaminantes.

Los estanques de retención y detención actúan a una escala mayor. Los primeros almacenan agua de manera relativamente permanente; los segundos reciben temporalmente los excedentes de una tormenta y los liberan después, cuando la red recupera capacidad. Esta función también puede incorporarse a plazas deportivas y parques inundables. Durante la mayor parte del año, estos lugares funcionan como espacios recreativos. Ante precipitaciones intensas, determinadas áreas se anegan de manera planificada y evitan que el mismo volumen ingrese a calles y viviendas. La principal dificultad reside en disponer de suelo suficiente y aceptar que una parte del espacio público debe diseñarse para cumplir una función hidráulica durante las emergencias.
La protección de quebradas, humedales y cauces naturales resulta igualmente decisiva. Estos espacios reciben, conducen y almacenan agua antes de que alcance las áreas edificadas. Su ocupación, relleno o estrechamiento reduce la capacidad natural del territorio y aumenta la velocidad con que la escorrentía llega a los sectores bajos. La solución no consiste únicamente en limpiar los cauces antes de cada invierno. Se requiere conservar anchos suficientes, controlar las intervenciones en sus márgenes, recuperar conexiones interrumpidas y evitar nuevas edificaciones en las zonas necesarias para su funcionamiento. La restauración de humedales y riberas puede disminuir la exposición a inundaciones, aunque debe integrarse con obras de ingeniería cuando se trata de áreas urbanas consolidadas.
La gestión debe extenderse también hacia las cuencas que aportan agua y sedimentos a la ciudad. En el entorno semiárido, la pérdida de vegetación y la erosión facilitan que las lluvias movilicen barro, piedras y residuos hacia quebradas, caminos y colectores. La revegetación con especies adecuadas, la estabilización de taludes, las zanjas de infiltración, las pequeñas obras de contención y los depósitos de sedimentos pueden disminuir esa carga antes de que ingrese a la zona urbana. No corresponde replicar de manera indiscriminada programas de forestación pensados para otros climas. La intervención debe respetar los ecosistemas locales y recuperar su capacidad para retener suelo y moderar la escorrentía.
Cuando ocurren abundantes precipitaciones también queda expuesta la vulnerabilidad de las construcciones de adobe antiguas, especialmente las edificaciones del centro histórico de La Serena. La humedad acumulada produce desprendimientos de fachadas, caída de cornisas y daños en construcciones de adobe. En estas zonas, la infraestructura pluvial debe llegar hasta la escala del inmueble: cubiertas mantenidas, canaletas funcionales, bajadas correctamente conectadas, drenajes perimetrales y pavimentos que alejen el agua de los muros. Las soluciones deben ser compatibles con los materiales tradicionales, porque algunas impermeabilizaciones modernas pueden retener humedad y agravar el deterioro del adobe.
Toda esta infraestructura pierde eficacia cuando carece de mantención. Un sumidero obstruido por residuos funciona como si no existiera; un jardín de lluvia cubierto por sedimentos deja de infiltrar; un canal invadido o una alcantarilla parcialmente bloqueada reducen considerablemente su capacidad. La limpieza previa a los sistemas frontales debe acompañarse de inspecciones posteriores, retiro programado de sedimentos y un registro público de fallas recurrentes. Sensores de nivel, cámaras en puntos críticos y pluviómetros distribuidos permitirían detectar con anticipación aumentos peligrosos y mejorar los datos utilizados para diseñar futuras obras.
Las nuevas urbanizaciones también deben asumir responsabilidades. Cada conjunto habitacional, centro comercial o proyecto vial impermeabiliza superficies y modifica la dirección de la escorrentía. La autorización de estas obras debería debe ir acompañada con la exigencia de que retengan dentro del predio una parte del agua generada, incorporen superficies permeables y demuestrando que su descarga no incrementará el riesgo sobre los barrios vecinos.
La implementación exige una coordinación institucional que actualmente se encuentra dividida. La legislación chilena asigna al Ministerio de Obras Públicas la red primaria de evacuación de aguas lluvias y al Ministerio de Vivienda y Urbanismo la red secundaria. Los municipios administran buena parte del espacio público y responden ante los primeros efectos de las emergencias. Esta distribución requiere un programa común para La Serena y Coquimbo, con un catastro compartido, una cartera priorizada de proyectos y criterios homogéneos para las nuevas urbanizaciones. La conurbación funciona territorialmente como una unidad y su drenaje debe planificarse de la misma manera.
El costo obliga a establecer prioridades. Los primeros recursos deberían concentrarse en sectores con viviendas expuestas, vías estructurantes, establecimientos educacionales, centros de salud y puntos que registran afectaciones reiteradas. Las obras de reconstrucción ya programadas permiten incorporar mejoras sin repetir completamente los costos de excavación y pavimentación. Una intervención gradual puede comenzar con jardines de lluvia, nuevas captaciones, pozos dren y correcciones viales, mientras avanzan los proyectos de colectores, parques inundables y restauración de cauces que requieren estudios e inversiones mayores.
El temporal de julio dejó una cartografía concreta de las debilidades urbanas de la conurbación. Esa información debería transformarse ahora en una cartografía de inversiones. La ciudad necesita colectores y canales, pero también requiere suelos capaces de absorber, espacios donde almacenar temporalmente el agua y cauces naturales que conserven su funcionalidad. La mejor respuesta consiste en construir una red en la que la infraestructura natural y la artificial trabajen conjuntamente y en la que cada nueva obra reduzca, en lugar de trasladar, el riesgo que enfrentará el siguiente sector de la ciudad.
Bibliografía
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