“Soy serenense. Aquí he aprendido a querer una plaza y una calle”, escribió Gabriel González Videla al recordar el impulso que dio origen al Plan Serena. Aquella transformación urbana se sostuvo sobre una convicción que excedía la construcción de edificios, parques y avenidas: una ciudad podía educar mediante su arquitectura, su arte y sus espacios públicos. La Serena debía convertirse en un centro regional de la cultura y ofrecer a sus habitantes una experiencia cotidiana de belleza, proporción y dignidad urbana. Estaba la convicción de vivir en «la ciudad más hermosa de Chile».
Durante décadas, esa aspiración alimentó un ethos compartido de orgullo cívico. Existía la conciencia de habitar una ciudad distinguida por su arquitectura histórica, sus iglesias, sus monumentos, sus paseos, sus parques y su museo al aire libre. La historia centenaria de La Serena —milenaria, cuando se considera la larga ocupación humana del territorio— otorgaba densidad histórica a sus calles y permitía reconocer en ellas algo más que un lugar de tránsito o residencia.
Ese ethos parece haberse debilitado hasta casi desaparecer. Su síntoma más evidente es el descuido. Ha dejado de producir suficiente incomodidad que una escultura permanezca rayada, que una fachada histórica pierda sus revestimientos, que un muro de piedra se deteriore, que una plaza acumule suciedad o que una ventana rota se disimule cubriéndola con una tabla de cholguán. La derrota cultural comienza precisamente cuando deja de importar que la ciudad se vea fea, deteriorada o sucia.
La ciudad museo no fracasa porque sus bienes desaparezcan de manera repentina. Fracasa cuando permanecen frente a nosotros y dejamos de reconocer su valor. Cada intervención improvisada, cada reparación postergada y cada elemento patrimonial abandonado debilitan la relación entre los habitantes y el lugar que comparten. El cartel publicitario que cubre una fachada completa, los cables que interrumpen una vista, los rayados que se impregnan en la piedra, la valla metálica que parece cárcel o la falta de cuidado en una reparación horrible. El deterioro material termina expresando un deterioro más profundo: la pérdida de la responsabilidad colectiva sobre la imagen y la historia de la ciudad. Y más aún, una sociedad serenense que ya no disfruta la belleza de su ciudad.
La Serena todavía posee la arquitectura, el arte público y los espacios urbanos que alguna vez alimentaron aquel orgullo. Como dijera Federico Sánchez, cuando vino con su programa City tour a visitarnos, con un poco más de cariño e intervenciones puntuales se puede obtener muy buenos resultados, ya que la materia prima se conserva. Sin embargo, más aún que eso, también se requiere reconstruir una cultura cívica capaz de considerar la conservación, la limpieza y la belleza urbana como responsabilidades compartidas permanentes. La derrota cultural será definitiva cuando aceptemos el descuido como una condición normal de la ciudad. Esperemos no llegar a ese destino.
