[Mirada urbana] La Serena debe aprender a mirar al río Elqui

La Serena ha construido algunas de sus principales relaciones urbanas con el mar, los cerros y las terrazas sobre las que se levantó la ciudad histórica. El río Elqui, en cambio, continúa funcionando en buena medida como un límite. Se cruza para llegar a Las Compañías, se observa ocasionalmente desde los puentes y reaparece con mayor fuerza en su desembocadura, pero todavía ocupa un lugar secundario dentro de la experiencia cotidiana de la ciudad. Esta condición resulta especialmente llamativa porque el río constituye uno de los principales elementos geográficos que explican el emplazamiento y la historia de La Serena.

La necesidad de recuperar esa relación tampoco es completamente nueva. El Plan Serena impulsado por Gabriel González Videla buscó reorganizar la ciudad a partir de su paisaje. En la documentación de la época se planteaba devolver a La Serena sus perspectivas hacia el océano y el valle del Elqui, mientras el Parque Pedro de Valdivia debía prolongar las áreas verdes desde la Alameda hacia el río. González Videla concebía su proyecto como una intervención donde las vías, los parques, las perspectivas y la arquitectura debían formar un conjunto. Gran parte de esa transformación consiguió ejecutarse, pero la continuidad paisajística hacia el río permaneció incompleta. Décadas después, el Elqui continúa siendo uno de los grandes elementos naturales que la ciudad todavía no ha terminado de incorporar a su estructura urbana.

Esta situación tiene además una consecuencia social. Durante mucho tiempo el río ha actuado como separación física entre el centro histórico y Las Compañías. Ya a comienzos de este siglo los instrumentos municipales advertían que esta condición había generado una distancia urbana entre ambos sectores y señalaban la necesidad de producir una relación más vinculante. Integrar el río significaría también transformar esa frontera en un espacio compartido: nuevos recorridos peatonales y ciclistas, mejores conexiones transversales y espacios públicos accesibles desde ambas riberas podrían acercar territorios que actualmente permanecen relacionados principalmente mediante grandes ejes vehiculares.

La experiencia de Parque Kaukari en Copiapó demuestra que esta posibilidad no pertenece solamente a ciudades con ríos caudalosos o climas húmedos. Allí, un cauce situado en una ciudad igualmente árida comenzó a transformarse mediante un proyecto que combina parque, infraestructura hidráulica, recorridos peatonales, ciclovías, vegetación adaptada al clima y nuevas conexiones urbanas. La intervención no pretende ocultar el funcionamiento del río. Por el contrario, incorpora su capacidad de crecer durante eventos extraordinarios y permite que determinados sectores funcionen simultáneamente como espacio público e infraestructura de reducción del riesgo.

En Santiago, el Parque Mapocho Río ha seguido una lógica semejante al recuperar kilómetros de ribera como espacio público continuo, incorporando áreas deportivas, vegetación, lagunas, recorridos y accesos hacia el propio borde fluvial. Madrid desarrolló una intervención todavía más ambiciosa sobre el Manzanares, reemplazando una autopista superficial por un gran corredor verde que volvió a conectar barrios separados por décadas y transformó al río en uno de los principales ejes paisajísticos de la ciudad. Las escalas y los presupuestos son muy distintos, pero estas experiencias comparten una idea aplicable a La Serena: el río puede dejar de ser la parte posterior de la ciudad y convertirse en una de sus estructuras principales.

En el caso del Elqui, sin embargo, esa transformación debe partir de una condición fundamental: el río ya constituye un ecosistema protegido. El humedal urbano Río Elqui, desde Altovalsol hasta su desembocadura, alcanza aproximadamente 493 hectáreas y alberga una importante diversidad de flora y fauna, con más de un centenar de especies de aves registradas. Su planificación no puede consistir en llenar las riberas de pavimentos, luminarias, restaurantes y equipamientos recreativos. La integración urbana debe comenzar precisamente por reconocer aquello que ya existe.

Eso permite imaginar un modelo diferente de parque fluvial. Los sectores de mayor sensibilidad ecológica podrían mantenerse con accesos restringidos y programas de restauración, mientras otros admitirían senderos, ciclovías, miradores, áreas de descanso y espacios para educación ambiental. En los lugares más próximos a la ciudad podrían incorporarse plazas, equipamientos deportivos o pequeños espacios culturales, siempre fuera de las zonas necesarias para las crecidas del río. La vegetación riparia debería recuperarse y los recorridos podrían permitir observar el paisaje sin intervenir directamente los ambientes donde nidifican o se alimentan las aves.

La infraestructura también tendría que cumplir una función concreta. Las áreas inundables podrían diseñarse para recibir agua durante crecidas extraordinarias; las lagunas estacionales existentes deberían conservarse; nuevos puentes peatonales y ciclistas podrían mejorar la relación entre Las Compañías y el centro; y un recorrido longitudinal permitiría conectar sectores que hoy permanecen fragmentados. Miradores desde el centro histórico de La Serena recuperarían, además, una relación paisajística que ya formaba parte de la concepción urbana del Plan Serena: observar desde el centro de la ciudad el valle, el río y las terrazas que explican su geografía.

Existe incluso una oportunidad para vincular este corredor con otros espacios urbanos. El Parque Pedro de Valdivia, la avenida Pedro Pablo Muñoz, el centro histórico, Las Compañías, las ciclovías existentes y la desembocadura podrían formar parte de un sistema continuo. Hacia el interior, el corredor podría avanzar gradualmente en dirección a Altovalsol mediante tramos de menor intervención. La recuperación no necesita ejecutarse mediante una sola obra monumental; puede construirse durante décadas a través de etapas coordinadas bajo un mismo plan.

Uno de los riesgos sería confundir integración con urbanización. Construir una nueva costanera vehicular junto al río puede mejorar determinadas conexiones, pero también puede generar otra barrera física entre la ciudad y el cauce. Cualquier infraestructura vial proyectada en sus márgenes debería subordinarse a la continuidad ecológica, peatonal y paisajística del corredor. El objetivo no debería ser ocupar el espacio disponible alrededor del río, sino determinar cuánto espacio necesita el propio río para funcionar y organizar la ciudad a partir de esa condición.

Hoy existen condiciones institucionales que hace algunos años no estaban presentes. El reconocimiento como humedal urbano obliga a incorporar su protección en la planificación territorial y ya existe un Plan de Gestión Integral que identifica restauración, monitoreo, educación, gobernanza y ordenamiento territorial como áreas de acción. El actual Plan Regulador reconoce además amplios sectores del humedal como zonas de parque, aunque todavía existen tensiones con otros usos urbanos y con propiedades privadas. La tarea consiste en transformar esos instrumentos ambientales en una verdadera estrategia urbana.

La Serena ha aprendido históricamente a construir grandes espacios públicos a partir de su geografía. El Parque Pedro de Valdivia recuperó antiguos terrenos húmedos; la avenida Francisco de Aguirre convirtió una antigua alameda en un eje paisajístico hacia el mar; y el sistema de parques desarrollado durante el siglo XX todavía constituye una parte importante de la identidad de la ciudad. El río Elqui representa la oportunidad de continuar esa tradición con los conocimientos que hoy tenemos sobre biodiversidad, riesgo climático y planificación sustentable.

La Serena debe volver a mirar al río. No para domesticarlo ni para convertirlo completamente en parque, sino para reconocerlo como paisaje, infraestructura natural, corredor ecológico y espacio público. Quizás la gran obra urbana pendiente de la ciudad no consiste en construir un nuevo elemento sobre su territorio, sino en aprender finalmente a incorporar aquel que siempre estuvo allí.

Bibliografía

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