Plan de Fomento y Urbanización para la Provincia de Coquimbo, conocido como Plan Serena

El llamado Plan Serena fue una de las transformaciones urbanas, arquitectónicas y territoriales más importantes del siglo XX en el norte de Chile. Su nombre más conocido fue “Plan Serena”, pero esa denominación resume un programa más amplio. En las fuentes aparece como Plan de Fomento y Urbanización para la Provincia de Coquimbo y también como Plan de Fomento y Urbanización para las Provincias de Chile, nombre de la publicación gubernamental asociada a la exposición del presidente Gabriel González Videla sobre la finalidad y proyecciones del plan. La misma publicación lo definía como un Plan de Fomento y Transformación Urbanística, porque su objetivo no era solamente hermosear La Serena, sino articular urbanización, fomento económico, infraestructura, agricultura, minería, turismo, servicios públicos y modernización provincial. Por eso, aunque su imagen más reconocible se encuentra en La Serena, el proyecto debe entenderse como una intervención sobre la provincia de Coquimbo y, especialmente, sobre el sistema territorial formado por La Serena, Coquimbo, la bahía, los valles agrícolas, el puerto, los caminos y las nuevas áreas de expansión.

El Plan Serena se ejecutó principalmente entre 1948 y 1952, durante el gobierno de Gabriel González Videla. Su origen se relacionó con una preocupación política propia del periodo: la concentración del desarrollo nacional en Santiago y el deterioro comparativo de las provincias. El plan buscaba crear en La Serena y Coquimbo un polo económico, cultural y turístico fuera de la capital del país. La Serena fue escogida como ciudad piloto, pero la iniciativa aspiraba a servir como modelo para otras provincias chilenas. Esta escala explica que el plan incluyera edificios públicos, escuelas, liceos, parques, avenidas, infraestructura vial, aeropuerto, puerto, áreas agrícolas, servicios, equipamientos turísticos y obras de conectividad regional. En ese sentido, el Plan Serena fue una experiencia temprana de descentralización territorial, aunque fuertemente dirigida desde el Estado central y marcada por la voluntad personal del presidente.

La magnitud del programa permite dimensionar su carácter excepcional. Entre 1946 y 1952, La Serena sufrió importantes cambios urbanos mediante la recuperación de espacios públicos, la restauración del casco antiguo, la reconstrucción de establecimientos educacionales, la construcción de edificios de servicios públicos, la nueva estación de ferrocarriles, la jefatura zonal del Servicio Nacional de Salud, la Dirección de Vialidad, el Parque Pedro de Valdivia y el Museo al Aire Libre de la Avenida Francisco de Aguirre. Un catastro posterior de la consultora Atisba, difundido por El Mercurio, cifró en 47 las obras ejecutadas bajo el plan, con una superficie total de 313 hectáreas. Esa superficie se distribuía en 64,4 hectáreas de barrios de vivienda, 13,6 hectáreas de edificios públicos, 165,6 hectáreas de infraestructura y 70 hectáreas de parques. El mismo catastro valorizó la inversión en US$ 911 millones, expresados como estimación contemporánea del costo de esas obras.

El plan actuó en varias escalas al mismo tiempo. En una primera escala, fue provincial, porque buscó activar la economía de la Provincia de Coquimbo mediante agricultura, minería, turismo, infraestructura y servicios. En una segunda escala, fue metropolitana, porque entendió la bahía de Coquimbo y el espacio entre La Serena y Coquimbo como un ámbito de desarrollo conjunto. En una tercera escala, fue urbana, porque intervino el centro histórico de La Serena, sus avenidas, parques, edificios públicos y barrios residenciales. En una cuarta escala, fue arquitectónica, porque produjo un conjunto de inmuebles con lenguaje neocolonial y elementos historicistas que todavía definen parte de la imagen urbana serenense. Esa superposición de escalas explica su impacto: el plan no construyó una sola obra, sino una forma de ciudad.

En La Serena, el Plan Serena transformó una ciudad que conservaba una fuerte estructura colonial, pero que también presentaba deterioro, vacíos, demoliciones, edificios públicos insuficientes y espacios urbanos poco consolidados. El centro histórico fue restaurado y completado mediante edificios fiscales de escala mayor, pero diseñados con una apariencia que buscaba armonizar con la imagen colonial y republicana de la ciudad. El resultado fue una arquitectura pública de estilo neocolonial, con portales, arcadas, patios, molduras, cubiertas inclinadas, balcones, muros blancos, volúmenes sobrios y una composición urbana que reforzó la idea de una ciudad histórica ordenada. Esta operación tuvo un efecto duradero: hasta hoy, la homogeneidad del centro de La Serena se explica en parte por la mezcla entre inmuebles coloniales, republicanos y edificios del Plan Serena.

El edificio de la Intendencia, actual Gobierno Regional de Coquimbo, fue una de las piezas principales de esta operación. Su construcción reemplazó inmuebles anteriores y consolidó un frente institucional de gran presencia urbana. Augusto Sepúlveda Paul, uno de los arquitectos vinculados al plan, recordaba que muchas obras se proyectaban en Santiago y que, por la premura, los planos llegaban a veces en escala 1:100, con poco detalle. También recordaba que las molduras de las edificaciones fueron realizadas con plantillas de lata dibujadas a mano alzada. Ese testimonio permite entender que el Plan Serena fue monumental en su escala, pero también artesanal en parte de su ejecución. La ciudad se transformaba con planificación estatal, pero también con decisiones rápidas, soluciones de obra y una fuerte presión presidencial sobre los equipos técnicos.

La avenida Pedro Pablo Muñoz fue otro eje fundamental. Según el testimonio de Augusto Sepúlveda Paul, González Videla quería que esta avenida se convirtiera en la “fachada” de La Serena, porque ese borde correspondía a los antiguos extramuros de la ciudad, conocidos como la “Barranca del Mar”. Para lograrlo, el presidente encargó a cajas de previsión, ministerios e instituciones semifiscales que proyectaran y construyeran cuadras completas desde la barranca del río, actual sector de calle Cirujano Videla, hasta la avenida Francisco de Aguirre. Por eso, la avenida Pedro Pablo Muñoz conserva una secuencia de conjuntos con unidad por cuadra, pero con diferencias entre una y otra. Allí el plan actuó como operación urbana de fachada, vivienda, institucionalidad y ordenamiento del borde poniente del centro.

La avenida Francisco de Aguirre fue transformada en el eje paisajístico más reconocible del plan. Antes de la intervención era una alameda polvorienta, con acequias en sus costados. El Plan Serena la convirtió en una perspectiva urbana que conectaba el centro histórico con el mar. El trazado fue acompañado por el Museo al Aire Libre, formado por esculturas clásicas y obras originales, y rematado en el poniente por el Faro Monumental. Para realizar esta transformación fue necesario intervenir cursos de agua y canalizaciones. Augusto Sepúlveda recordaba que se debió interceptar el canal que pasaba por el Parque Coll, el cual desaguaba en las acequias de la alameda, mediante un canal subterráneo que doblaba por calle Infante hacia el río Elqui. De este modo, la avenida no fue solamente embellecida: fue reorganizada hidráulica, paisajística y simbólicamente.

El Museo al Aire Libre de la Avenida Francisco de Aguirre fue una iniciativa singular dentro del plan. Su instalación introdujo esculturas en el espacio público y convirtió la avenida en un paseo cultural. El portal de mármol, conocido también como Portada Centenario, había sido instalado hacia 1900 como obsequio de la colonia inglesa y luego fue integrado al recorrido del museo. Las esculturas clásicas y modernas permitieron trasladar piezas de apariencia museográfica a una avenida pública, reforzando la idea de que La Serena debía ser una ciudad educadora, turística y cultural. En el presente, el museo sigue siendo uno de los legados más visibles del Plan Serena, aunque su conservación ha enfrentado problemas de desgaste, vandalismo, reposiciones y pérdida de piezas originales.

El Faro Monumental fue el remate simbólico del eje Francisco de Aguirre. Fue construido entre 1950 y 1951 por la Armada de Chile, según diseño del ingeniero civil Jorge Cisternas Larenas, en el marco del Plan Serena. Su valor urbano se relaciona con su condición de hito vertical, su ubicación en la intersección de Avenida del Mar con Francisco de Aguirre y su capacidad para cerrar visualmente la perspectiva entre la ciudad histórica y la costa. En 2011 fue declarado Monumento Histórico. El decreto de protección estableció una superficie protegida de 12.081,20 m², con límite oriente en la solera oriente de Avenida del Mar o, en su defecto, a 60 metros desde el muro exterior de la plataforma del faro; límites norte y sur de 20 metros hacia cada lado de la plataforma; y límite poniente en la línea de baja marea.

El Parque Pedro de Valdivia fue otro resultado relevante. Antes de su desarrollo, el área era recordada como un pantano. Óscar Prager, arquitecto paisajista alemán, intervino el lugar durante el Plan Serena y lo convirtió en un parque urbano. La creación de este parque modificó la relación de La Serena con sus bordes húmedos y con el río Elqui. El parque todavía existe, aunque ha sufrido modificaciones, cambios de uso, instalación de equipamientos, deterioro de ciertas áreas y pérdida de parte de su diseño original.

El Plan Serena también intervino el sistema educacional. Entre sus obras más citadas se encuentran el Liceo de Niñas Gabriela Mistral, el internado del Liceo de Hombres Gregorio Cordovez, el Liceo Técnico Femenino, el Colegio Gabriel González Videla y la Escuela Agrícola. Estas obras respondían a una idea de modernización provincial basada en la educación, la formación técnica y la consolidación de servicios públicos. Varias de estas edificaciones siguen presentes, aunque con cambios de uso o de dependencia. El antiguo Liceo Técnico Femenino es ocupado actualmente por la Secretaría Regional Ministerial de Educación; la Escuela Agrícola se asocia al posterior desarrollo universitario; y los liceos Gabriela Mistral y Gregorio Cordovez siguen siendo referencias educativas y patrimoniales de La Serena.

La infraestructura pública fue otra dimensión central. Se edificaron o reconstruyeron inmuebles para la Intendencia, la Caja de Crédito Prendario, la Jefatura Zonal del Servicio Nacional de Salud, la Dirección de Vialidad, la Empresa Nacional de Minería, la Estación de Ferrocarriles y servicios administrativos. También se menciona el ala poniente del Hospital San Juan de Dios y el Aeródromo La Florida. Estas obras muestran que el Plan Serena no fue solo un programa estético. Fue una reorganización de la presencia del Estado en la ciudad. El Estado construyó edificios, concentró servicios, generó empleo, ordenó fachadas, produjo nuevos hitos y desplazó parte de la actividad pública hacia inmuebles diseñados bajo un mismo criterio formal.

El Aeródromo La Florida expresa la escala regional del plan. Su construcción conectó a La Serena con una red de movilidad moderna y reforzó la condición de la ciudad como capital provincial y destino turístico. El aeródromo se ubicó al oriente de la ciudad, en la entrada del valle de Elqui, y se convirtió en una infraestructura todavía vigente. En el presente, los debates sobre su ampliación o rediseño han vuelto a poner en discusión el legado del Plan Serena, porque parte de la comunidad y de autoridades regionales han señalado que los nuevos proyectos deberían considerar la identidad arquitectónica asociada a ese periodo. Esto muestra que el plan no solo dejó edificios antiguos; también dejó una expectativa estética sobre cómo deben verse ciertos equipamientos públicos en La Serena.

El Estadio La Portada también pertenece a este ciclo de modernización. Fue inaugurado el 26 de agosto de 1952, en el cierre simbólico del periodo de obras del Plan Serena, y reemplazó a la antigua cancha de La Vega, ubicada en el sector donde actualmente se encuentra el ex espejo de agua y el Parque Pedro de Valdivia. Su historia posterior incluye transformaciones y reconstrucciones, por lo que el recinto actual no debe entenderse como una pieza intacta del plan, sino como una continuidad funcional y urbana de esa iniciativa. La idea original fue dotar a la ciudad de un equipamiento deportivo moderno, integrado a una ciudad que quería dejar de ser solo administrativa y patrimonial para convertirse también en un centro de servicios, turismo y vida pública.

La vivienda tuvo un papel menos visible, pero muy importante. El Plan Serena abordó el problema habitacional mediante conjuntos financiados por instituciones de ahorro y previsión social. La Población Antártida es uno de los barrios que se reconoce como parte de este proceso. Su importancia reside en que muestra una planificación a escala de ciudad y a escala de conjunto habitacional. El programa habitacional buscaba superar asentamientos precarios, dotar de servicios básicos y ordenar el crecimiento urbano. En este punto, el plan tuvo un componente social claro, aunque también produjo diferencias urbanas: ciertos barrios fueron integrados al imaginario noble del plan, mientras otros quedaron como operaciones incompletas o menos reconocidas en la memoria pública.

Uno de los casos que muestra los límites del plan es la Población Minas. Su historia ha sido recordada como una obra que el Plan Serena no pudo terminar. Este tipo de experiencia permite matizar la visión monumental del programa. Junto a edificios públicos y paseos emblemáticos, existieron barrios obreros, soluciones habitacionales, erradicaciones y proyectos que no alcanzaron la misma visibilidad ni conservación. La ciudad heredó, por tanto, una doble memoria: una memoria oficial, asociada a fachadas, parques y edificios públicos; y una memoria barrial, vinculada a vivienda, trabajo, desplazamientos y necesidades sociales.

El plan también modificó espacios que ya no existen tal como eran antes. La alameda polvorienta de Francisco de Aguirre desapareció como paisaje de acequias y polvo para convertirse en paseo escultórico. Las casas antiguas de ciertos bordes fueron demolidas para abrir ejes, parques o subidas. Augusto Sepúlveda recordaba que González Videla ordenó la demolición rápida de casas que daban hacia el Parque Coll porque retrasaban la construcción de la subida Colo-Colo. También desaparecieron o fueron transformadas zonas húmedas que eran vistas entonces como pantanos. Estos cambios permitieron parques, avenidas, parcelas agrícolas y nuevas áreas urbanizables, pero también redujeron ecosistemas costeros y humedales que hoy se miran con una sensibilidad ambiental distinta.

La dimensión ambiental del Plan Serena es una de las más importantes para leerlo desde el presente. A mediados del siglo XX, el plan desarrolló trabajos de drenaje que desecaron “pantanos” ubicados desde la bahía de Coquimbo hasta Punta Teatinos, en el norte de La Serena. Algunas fuentes señalan la recuperación de 3.000 hectáreas de terrenos pantanosos, mientras otras investigaciones aluden a una extensa superficie de más de 800 hectáreas en el espacio entre La Serena y Coquimbo. Estas cifras muestran que el plan no solo construyó sobre la ciudad existente, sino que transformó la base ecológica del borde costero. Lo que entonces se consideraba saneamiento, colonización agrícola y modernización urbana, hoy puede ser leído también como pérdida de humedales, vegas y zonas de amortiguación natural.

Esa operación tuvo consecuencias directas para La Serena y Coquimbo. Las zonas de Peñuelas, Las Vegas Sur, el borde de la bahía y los sectores intermedios entre ambas ciudades fueron incorporados a una nueva lógica agrícola, vial y urbana. El objetivo era formar parcelas y huertos, impulsar colonización agrícola y aprovechar terrenos antes considerados improductivos. Las investigaciones recientes señalan que este proceso favoreció la migración de colonos italianos para la producción agraria en Peñuelas y Las Vegas Sur. Con el tiempo, estos espacios se transformarían nuevamente, pasando de vegas y suelos agrícolas a áreas urbanas, turísticas e inmobiliarias. Allí se observa una continuidad profunda: el Plan Serena abrió físicamente el espacio entre La Serena y Coquimbo, y décadas después ese mismo espacio se convirtió en el corredor de conurbación.

Coquimbo no fue un beneficiario secundario, aunque la imagen pública del plan haya quedado más asociada a La Serena. En Coquimbo, el Plan Serena impulsó obras portuarias, ferroviarias, educacionales, turísticas y urbanas. La mecanización del puerto de Coquimbo aparece entre las realizaciones de escala regional. También se proyectó potenciar La Herradura como balneario y fortalecer Guayacán como puerto de embarque de minerales. En el borde costero, Peñuelas recibió equipamiento turístico mediante la remodelación del casino y hostería, junto con cabañas, Club Hípico y Club de Tiro. Estas iniciativas muestran que el plan entendía Coquimbo como puerto, bahía productiva, área turística y pieza clave en la articulación regional.

El sistema ferroviario de Coquimbo fue profundamente alterado. El plan contempló el traslado de la estación hacia las afueras de la ciudad, el retiro de las vías que circulaban por el centro urbano y la construcción de un nuevo ramal hacia Guayacán vinculado al Ferrocarril de Romeral. La nueva estación Coquimbo fue inaugurada a comienzos de 1954, como parte de la continuidad de obras asociadas al plan. Este cambio liberó áreas urbanas, reorganizó el transporte de minerales y modificó la relación entre ciudad, puerto y ferrocarril. Al mismo tiempo, dejó una memoria ferroviaria que hoy se conserva en barrios, relatos locales y restos de infraestructura.

Villa Covico representa una continuidad social de esa transformación ferroviaria. Este barrio, conformado por viviendas obreras y equipamientos construidos a mediados del siglo XX cerca de la Nueva Estación Coquimbo, formó parte de los trabajos de renovación impulsados por el Plan Serena. Su historia está ligada al desarrollo ferroviario regional y permite ampliar la lectura del plan más allá de los monumentos serenenses. En Coquimbo, el plan dejó infraestructura, barrios obreros, cambios de trazado, memoria laboral y nuevas relaciones entre puerto, estación, Guayacán y ciudad.

El Instituto Superior de Comercio de Coquimbo también se vincula con el Plan Serena. Su actual edificio fue construido en 1952 y diseñado por el arquitecto Guillermo Rencoret. Este inmueble expresa la dimensión educacional y técnica del plan en Coquimbo. Junto con otras obras como el Instituto Traumatológico de Coquimbo, muestra que el programa no se limitó al centro serenense. La educación comercial, técnica y sanitaria formaba parte de una estrategia provincial de modernización.

Peñuelas, La Herradura y Guayacán fueron espacios clave para la dimensión turística y productiva. Peñuelas recibió una lectura balnearia temprana, asociada a casino, hostería, cabañas y recreación de playa. La Herradura fue valorada por sus aguas tranquilas, aptas para deportes náuticos y turismo, además de su carga histórica y legendaria vinculada a piratas y corsarios. Guayacán fue pensado como punto portuario e industrial, especialmente relacionado con el embarque de minerales. Algunas de estas iniciativas permanecen como funciones transformadas: Peñuelas sigue siendo un sector turístico y residencial; La Herradura mantiene su condición de bahía y balneario; Guayacán conserva una fuerte memoria portuaria, industrial y patrimonial. Otras, como las hosterías originales, casinos antiguos o equipamientos recreativos iniciales, desaparecieron, fueron reemplazados o quedaron absorbidos por desarrollos posteriores.

El Plan Serena también se proyectó sobre la conectividad regional. Entre las obras y propuestas asociadas al programa se mencionan la Carretera Panamericana, el camino a Ovalle, el camino internacional a San Juan, obras de regadío, centrales hidroeléctricas, obras en los puertos de Coquimbo, Guayacán y Los Vilos, construcción de balnearios en Peñuelas, Tongoy y La Herradura, y colonización agrícola de terrenos recuperados. Algunas fuentes escolares y de divulgación resumen esta dimensión separando dos grupos de obras: las destinadas al desarrollo económico regional y las dirigidas a la transformación urbanística de La Serena. Esa distinción es útil, pero insuficiente, porque ambas escalas se cruzaban. La ciudad histórica necesitaba puerto, caminos, energía, aeropuerto, turismo y agricultura para sostener su modernización.

En términos de imagen urbana, el Plan Serena produjo una tensión que sigue vigente. Por una parte, dotó a La Serena de una identidad arquitectónica reconocible y de espacios públicos que perduran. Por otra parte, impuso una estética neocolonial sobre una ciudad que también tenía capas coloniales, republicanas, modernas, industriales y populares. La arquitectura del plan no fue una simple restauración del pasado, sino una reinterpretación estatal del pasado. Construyó una ciudad histórica planificada, ordenada y turística, incluso cuando muchos de sus edificios eran nuevos. De allí proviene la crítica posterior que ha descrito a La Serena como una “ciudad temática”, en el sentido de que su imagen patrimonial fue parcialmente producida por una operación moderna de diseño urbano y no solo por la conservación espontánea de su historia.

Desde el presente, el legado del Plan Serena puede dividirse en tres grupos. El primer grupo corresponde a las obras que permanecen con fuerte reconocimiento urbano: el Faro Monumental, la Avenida Francisco de Aguirre, el Museo al Aire Libre, el Parque Pedro de Valdivia, el Parque Gabriel Coll, el edificio del Gobierno Regional, los liceos históricos, edificios públicos del centro, el Aeródromo La Florida, el INSUCO de Coquimbo, sectores de Peñuelas, La Herradura, Guayacán y la memoria ferroviaria de Coquimbo. El segundo grupo corresponde a obras transformadas: estaciones, equipamientos deportivos, edificios educacionales con nuevos usos, antiguos recintos de servicios, espacios turísticos reemplazados y barrios que han cambiado su estructura social. El tercer grupo corresponde a elementos desaparecidos: pantanos, acequias, casas demolidas, trazados ferroviarios antiguos, estaciones originales, hosterías o casinos primitivos, y parte del paisaje agrícola que el propio plan ayudó a crear.

El Plan Serena es, por tanto, una herencia ambivalente. Fue una operación de descentralización, pero también una intervención vertical del Estado. Fue una modernización urbana, pero eligió una imagen arquitectónica historicista. Produjo parques y paseos, pero desecó humedales y vegas. Dotó de servicios públicos, pero también demolió tejidos anteriores. Fortaleció La Serena como capital regional, pero vinculó esa transformación con Coquimbo a través del puerto, la bahía, el ferrocarril, los balnearios, la agricultura y la futura conurbación. Su importancia no reside únicamente en las obras que dejó, sino en la escala de ciudad que imaginó. Antes de que La Serena y Coquimbo fueran comprendidas como un área metropolitana, el Plan Serena ya había actuado sobre ellas como un sistema territorial común.

En La Serena, el plan permanece en la imagen monumental del centro histórico, en la avenida que conduce al mar, en el faro que remata la perspectiva, en los parques que todavía ordenan la vida cotidiana y en los edificios públicos que siguen definiendo el paisaje institucional. En Coquimbo, permanece de manera menos evidente, pero igualmente decisiva: en el puerto, en la reorganización ferroviaria, en Guayacán, en La Herradura, en Peñuelas, en el INSUCO, en Villa Covico y en la memoria de un borde costero que comenzó a pensarse como parte de una región urbana mayor. El Plan Serena no fue solo un episodio serenense. Fue una intervención sobre el territorio que unió, de manera planificada, la ciudad histórica, el puerto, la bahía, los valles y el litoral.

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