[Mirada patrimonial] Grafiti y centro histórico, ¿pueden convivir?

El grafiti forma parte de las expresiones artísticas urbanas contemporáneas y posee una presencia extendida en La Serena. Constituye una práctica artística reconocible, con autores, estilos y lenguajes propios que encuentran en la ciudad un espacio legítimo de expresión. El problema aparece cuando esa expresión se realiza sobre bienes que ya poseen un valor cultural, histórico o artístico previo. Una fachada patrimonial, una escultura, un monumento o un mural autorizado no constituyen superficies vacías: son soportes que contienen otros significados y cuya integridad también merece ser respetada.

La convivencia, por tanto, exige reconocer que el derecho a expresarse en la ciudad encuentra límites cuando entra en conflicto con otros bienes de valor colectivo. Un grafiti puede enriquecer un muro residual, activar un espacio deteriorado o aportar identidad a determinados sectores, pero pierde legitimidad cuando cubre una obra de arte público, altera una fachada histórica o interviene materiales cuya recuperación exige procedimientos especializados. El respeto por el patrimonio no implica negar las expresiones urbanas contemporáneas, sino comprender que la ciudad contiene distintos lenguajes culturales que deben coexistir sin destruirse entre sí.

El centro histórico puede ofrecer espacios adecuados para esa expresión. Muros medianeros, cierres temporales, superficies sin valor patrimonial, pasajes secundarios o programas de intervención artística pueden convertirse en soportes legítimos para murales y grafiti. Estas iniciativas funcionan mejor cuando existen criterios claros sobre localización, mantenimiento, renovación y diálogo con el entorno. La experiencia urbana demuestra que el arte callejero puede convivir con sectores históricos siempre que no se utilice el patrimonio como soporte indiscriminado.

La administración pública también debe abandonar una respuesta basada únicamente en borrar. Una política seria requiere distinguir entre vandalismo, grafiti espontáneo, muralismo autorizado y arte urbano de valor reconocido. Esa diferenciación permite actuar con rapidez sobre los daños al patrimonio y, al mismo tiempo, generar espacios donde estas prácticas puedan desarrollarse de manera visible y valorada. La existencia de muros legales, convocatorias abiertas y programas de intervención puede reducir conflictos y reconocer una producción cultural que ya forma parte de la ciudad.

La pregunta, entonces, no es si el grafiti debe desaparecer del centro histórico. La pregunta es cómo puede integrarse sin anular aquello que ya existe. Una ciudad culturalmente diversa debe ser capaz de proteger su arquitectura, su arte público y sus monumentos, al mismo tiempo que reconoce las expresiones contemporáneas que nacen en sus calles. La convivencia depende de una idea sencilla: ninguna forma de expresión gana valor cuando destruye otra.

Fotografía de portada: https://vagabundler.com/chile/streetart-la-serena/