La Serena y Coquimbo poseen parques, humedales, quebradas y jardines públicos, pero carecen de un espacio dedicado sistemáticamente al conocimiento, conservación y difusión de la flora regional. Un jardín botánico permitiría cubrir esa ausencia mediante colecciones vegetales documentadas, programas educativos, propagación de especies amenazadas e investigación aplicada. Su función no debería confundirse con la de un parque ornamental. Los jardines botánicos combinan conservación, investigación, educación y recreación bajo una administración especializada y permanente.
La propuesta tendría especial sentido en una región cuya vegetación todavía ocupa un lugar secundario dentro de la imagen que la población construye sobre su propio patrimonio. Las iglesias, las playas y los paisajes costeros poseen un reconocimiento evidente. La flora local, en cambio, suele reducirse a una temporada de floración o a unas pocas especies ornamentales. Un jardín botánico podría mostrar la diversidad existente entre el borde costero, los humedales, el matorral interior, las quebradas y los sectores precordilleranos, explicando cómo cada formación vegetal responde a condiciones distintas de suelo, humedad, salinidad y exposición solar.
El patrimonio vegetal regional debería constituir el eje del proyecto. El jardín podría incluir colecciones de lucumillo, copao, quiscos, chaguales, añañucas, patas de guanaco, docas, guayacanes, algarrobos, espinos, litres y quillayes, junto con plantas acuáticas y ribereñas propias de los humedales. La selección definitiva tendría que ser establecida por botánicos, viveristas y especialistas en conservación, diferenciando las especies que pueden cultivarse con fines educativos de aquellas que requieren protocolos más estrictos. El lucumillo merece una atención particular, pues corresponde a un arbusto endémico del borde costero de la provincia de Elqui, presenta una distribución muy restringida y se encuentra clasificado En Peligro.
La organización interna podría seguir los ambientes naturales de la región en lugar de reproducir un jardín europeo adaptado artificialmente al clima semiárido. Un sector representaría el matorral costero y las especies asociadas a la camanchaca; otro reuniría cactáceas y plantas de sectores áridos; un tercero mostraría árboles y arbustos de los valles interiores; y un área de floración estacional permitiría explicar los procesos que producen el desierto florido. Un vivero, un banco de semillas, un pequeño herbario, laboratorios y salas educativas completarían una institución capaz de conservar plantas, producir conocimiento y distribuir ejemplares nativos para proyectos urbanos.
La localización plantea varias alternativas. El estero El Culebrón hacia el interior ofrece una de las posibilidades más interesantes. Su cuenca se extiende desde Pan de Azúcar hasta la desembocadura de Playa Changa y reúne ambientes distintos a lo largo de su recorrido. Un jardín situado fuera del sector más sensible del humedal podría restaurar áreas degradadas, recuperar vegetación ribereña y conectar el espacio urbano con el funcionamiento de la cuenca. También podría integrarse con el proyecto de parque urbano planteado previamente para el sector. Su principal dificultad reside en la presencia de terrenos fragmentados, residuos, contaminación y zonas expuestas a inundación. La intervención tendría que respetar el cauce y evitar que la construcción de senderos, lagunas o equipamientos modificara su funcionamiento hidráulico.
La quebrada de Peñuelas hacia el interior presenta una ventaja diferente. Su posición entre La Serena y Coquimbo permitiría entregar al jardín un carácter verdaderamente metropolitano. La quebrada podría actuar como corredor ecológico entre el borde costero y los sectores interiores, mientras sus laderas ofrecerían condiciones apropiadas para exhibir matorral costero, vegetación de quebrada y jardines de bajo consumo hídrico. Sin embargo, el sitio mantiene una función hidrológica y ecológica que no debe subordinarse al uso recreativo. El inventario oficial reconoce un humedal de aproximadamente 34 hectáreas asociado a la quebrada, distribuido entre ambas comunas. La presión inmobiliaria, la fragmentación predial y la necesidad de conservar áreas sin acceso intensivo aumentarían la complejidad del proyecto.
Los espacios todavía no construidos entre La Serena y Coquimbo, asociados históricamente a vegas, humedales, huertos y parcelas, ofrecen una tercera posibilidad. Su principal ventaja sería recuperar una parte del paisaje que existía antes de la urbanización continua de la bahía y establecer una gran área verde en el centro geográfico de la conurbación. La cercanía con zonas residenciales, rutas de transporte y circuitos turísticos facilitaría el acceso. La desventaja se encuentra en el elevado valor del suelo, la propiedad fragmentada y las profundas alteraciones que ya experimentó la hidrología del sector. Antes de proponer cualquier emplazamiento sería indispensable identificar qué terrenos mantienen valor ecológico, cuáles corresponden a áreas de riesgo y cuáles podrían ser adquiridos o integrados mediante compensaciones y cesiones. La recuperación no debería convertir un humedal remanente en un parque convencional, sino protegerlo y organizar los usos públicos en sus bordes.
El Parque Gabriel Coll constituye la alternativa institucionalmente más inmediata. El parque ya cumple una función recreativa, posee una extensión considerable y se encuentra sometido a un estudio de factibilidad que abarca cerca de 64 hectáreas. La existencia de senderos, acequias, estanques y zonas arboladas permitiría destinar una parte del recinto a colecciones botánicas, viveros y educación ambiental sin comenzar completamente desde cero. Su posición dentro de La Serena y su conexión con barrios consolidados también facilitarían las visitas escolares.
Parque Coll presenta, al mismo tiempo, varias limitaciones. Su paisaje actual responde principalmente a la lógica de un parque forestado y recreativo, por lo que una transformación completa podría entrar en conflicto con usos existentes. El riesgo de incendios, la disponibilidad de agua y la necesidad de mantener árboles maduros obligarían a desarrollar una intervención gradual. Además, su ubicación interior representa con menor claridad los humedales, dunas y ecosistemas costeros que caracterizan a la conurbación.
El mayor desafío no sería construir el jardín, sino mantenerlo. Una institución de esta naturaleza necesita botánicos, horticultores, viveristas, educadores ambientales, especialistas en riego, personal de conservación y equipos de mantención durante todo el año. También requiere registros de procedencia para sus plantas, protocolos frente a especies invasoras, control sanitario y una planificación que no dependa exclusivamente de proyectos concursables. La experiencia de otros proyectos de gran envergadura demuestra que una inauguración ambiciosa puede deteriorarse rápidamente cuando no existe una estructura permanente de administración.
La escala del proyecto incluso podría considerar un jardín botánico distribuido a lo largo de la conurbación. Parque Coll podría albergar la sede científica, el vivero, el banco de semillas y las colecciones principales. El Culebrón y Peñuelas podrían incorporar estaciones de interpretación y restauración ecológica, conectadas mediante rutas educativas. Los humedales mantendrían sus áreas sensibles protegidas, mientras los visitantes accederían a miradores, senderos controlados y espacios destinados a conocer su vegetación. Este modelo permitiría representar la diversidad territorial de la conurbación sin concentrar todas las funciones en un único terreno.
La creación de un jardín botánico requeriría la colaboración de ambos municipios, el Gobierno Regional, las universidades, los centros de investigación y los organismos ambientales. La conurbación posee instituciones con experiencia en flora, zonas áridas, humedales y educación ambiental. El problema no radica en la ausencia de conocimiento, sino en la falta de una infraestructura capaz de reunirlo, exponerlo y mantenerlo disponible para la comunidad.
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