[Mirada urbana] La importancia de vivir en ciudades bellas

La belleza urbana suele presentarse como una preocupación secundaria frente a necesidades consideradas más urgentes. Bajo esa lógica, una ciudad debería resolver primero sus problemas de seguridad, movilidad, vivienda o infraestructura y ocuparse después de su apariencia. Sin embargo, las personas no experimentan esos asuntos por separado. Cada día recorren calles, observan fachadas, esperan transporte, atraviesan plazas y utilizan espacios públicos cuya calidad influye directamente en la manera en que viven la ciudad.

Habitar un lugar bello no significa vivir rodeado de edificios monumentales ni de obras costosas. La belleza también se encuentra en una calle limpia, una fachada bien mantenida, una vereda continua, árboles saludables, jardines adaptados al territorio, mobiliario cuidado y perspectivas urbanas libres de obstáculos innecesarios. Surge de la relación coherente entre los elementos que componen el espacio y del cuidado que permite conservarlos en el tiempo.

La investigación ha encontrado asociaciones entre la calidad estética del entorno, la salud declarada y el bienestar cotidiano. Las personas también manifiestan mayores niveles de felicidad cuando se encuentran en lugares percibidos como bellos, incluso cuando estos no corresponden necesariamente a grandes paisajes naturales. La evidencia no permite reducir el bienestar a una sola característica urbana, pero confirma que la apariencia del lugar donde vivimos tampoco constituye un asunto irrelevante.

La belleza puede favorecer, además, el uso del espacio público. Una plaza agradable invita a permanecer; una avenida arbolada facilita el desplazamiento peatonal; una fachada cuidada contribuye a la continuidad de una calle; y un parque bien mantenido permite que personas distintas compartan un mismo lugar. Los organismos internacionales han reconocido que los espacios públicos de calidad apoyan la actividad física, la salud mental y la cohesión social. Esos beneficios dependen del diseño, pero también de la limpieza, la accesibilidad, la seguridad y la mantención cotidiana.

Esta discusión posee una dimensión de igualdad. Quien dispone de recursos puede buscar belleza dentro de su vivienda, visitar lugares privados o trasladarse hacia barrios mejor cuidados. Una parte considerable de la población depende, en cambio, de la calidad de los espacios comunes. Las plazas, parques, paseos y calles constituyen la experiencia estética cotidiana de quienes no pueden adquirirla individualmente. Por esa razón, una ciudad bella no debe entenderse como un lujo, sino como una forma de dignidad urbana distribuida entre sus habitantes.

La belleza tampoco exige convertir cada espacio en una escenografía homogénea. Una buena política urbana debe respetar la historia, las materialidades, la vegetación y los usos propios de cada sector. La aplicación indiscriminada de pinturas, mobiliarios estandarizados o decoraciones temáticas puede producir espacios ordenados, pero desvinculados de su contexto. La belleza urbana adquiere mayor profundidad cuando expresa la identidad del lugar y permite reconocer las distintas etapas de su construcción histórica.

Los municipios deberían incorporar la calidad estética como un criterio permanente de planificación. Cada pavimentación, renovación de veredas, instalación comercial, proyecto vial o recuperación de fachada modifica la experiencia visual de la ciudad. La coordinación entre arquitectura, paisajismo, patrimonio, movilidad, iluminación y mantención permite evitar que una intervención resuelva un problema mientras crea otro. También exige abandonar la práctica de inaugurar espacios sin garantizar los recursos necesarios para conservarlos.

Vivir en lugares bellos importa porque la ciudad constituye el escenario más constante de nuestra vida. Su apariencia comunica qué elementos valoramos, cuánto cuidado estamos dispuestos a sostener y qué experiencia consideramos digna para quienes la habitan. La belleza no reemplaza a la seguridad, la vivienda ni la infraestructura. Las acompaña y les entrega una dimensión humana. Una ciudad bien construida debe funcionar correctamente, pero también debe ofrecer razones para caminarla, observarla, cuidarla y sentirse parte de ella.

Bibliografía

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Fotografía de portada: Diario El Día