La arquitectura mediterraneizante del borde costero de La Serena y Coquimbo corresponde a una expresión urbana reciente, vinculada al desarrollo turístico, residencial e inmobiliario de Avenida del Mar, Peñuelas, Cuatro Esquinas, Canto del Agua, La Herradura y otros sectores litorales. No se trata de una tradición arquitectónica colonial ni de un estilo académico puro, sino de una estética de balneario que incorporó referencias mediterráneas, hispanas, italianas y francesas para construir una imagen asociada al descanso, la segunda vivienda, la vida junto al mar y el turismo costero.
Esta arquitectura se consolidó principalmente desde las últimas décadas del siglo XX, en paralelo al crecimiento de la Avenida del Mar como eje turístico y a la expansión urbana entre La Serena y Coquimbo. Su aparición forma parte del tránsito desde una ciudad históricamente más vinculada al centro, la plaza, las iglesias, los edificios públicos y el valle, hacia una ciudad costera organizada también por la playa, la vialidad litoral, los hoteles, los restaurantes, los condominios y los departamentos de temporada. En ese proceso, el borde marítimo dejó de ser solo paisaje natural o espacio recreativo ocasional, para transformarse en una fachada urbana y metropolitana.

El carácter mediterraneizante de esta arquitectura no debe entenderse como una copia directa de referencias populares como la Costa del Sol en España, la Toscana, la Provenza, la Costa Azul, la Riviera francesa e italiana, o la arquitectura hispano-andaluza en general. Más bien, corresponde a una apropiación libre de distintos repertorios visuales: techumbres de teja, muros estucados, arcos, balcones, terrazas, patios, pérgolas, rejas ornamentales, piedra, madera, jardineras, escaleras exteriores, vegetación ornamental y colores cálidos. Estos elementos fueron combinados localmente para producir una atmósfera turística reconocible, más cercana a la idea de balneario que a una tradición constructiva única.
En este conjunto, el color cumple un papel fundamental. Buena parte de la arquitectura costera de La Serena y Coquimbo desarrollada en los años noventa y dos mil utilizó tonos terracota, ocres, cremas, salmones, amarillos suaves, tejas rojizas, piedra a la vista y detalles en madera. Estos colores dialogaban con la arena, la luz intensa del litoral, los jardines verdes y el azul del océano. El blanco también estuvo presente en algunos casos, pero su predominio parece más fuerte en etapas recientes, especialmente en edificios modernizantes, remodelaciones contemporáneas y proyectos de mayor altura con superficies vidriadas.

La inspiración hispana también forma parte de esta caracterización. Muchos de los recursos usados en el borde costero —arcos de medio punto, rejas, patios, cubiertas de teja, muros estucados y tonalidades cálidas— pertenecen a una familia visual compartida por la arquitectura mediterránea, la tradición andaluza, ciertos imaginarios moriscos y las reinterpretaciones coloniales españolas. En ese sentido, la arquitectura mediterraneizante local puede entenderse como una mezcla de referencias, donde lo español, lo italiano y lo francés se combinan sin una filiación estricta. Su objetivo principal no fue reproducir fielmente una cultura arquitectónica externa, sino crear una imagen atractiva para el turismo, el comercio y la residencia costera.
Las referencias internacionales permiten comprender mejor esta operación. En distintos contextos de balneario, especialmente en ciudades turísticas de Estados Unidos como Palm Beach o Miami Beach, el llamado Mediterranean Revival mezcló elementos españoles, italianos, moriscos y coloniales para construir una imagen de lujo, descanso y vida costera. Protagonista de esta operación es el caso del arquitecto Addison Mizner en Florida. Tanto en Florida como en la conurbación -evidentemente este último en menor medida- el Mediterráneo ha funcionado muchas veces como repertorio estético exportable, adaptado a climas soleados, ciudades turísticas y mercados inmobiliarios asociados al ocio.

En el caso local, la arquitectura mediterraneizante no apareció sobre un borde costero vacío. Fotografías de época de Avenida del Mar muestran una etapa previa o paralela de arquitectura de balneario más rústica y horizontal, con cabañas de techumbres vegetales, jardines, senderos, terrazas y una relación directa con la playa. Esas construcciones no pueden definirse como mediterráneas en sentido estricto, pero sí forman parte de una cultura arquitectónica del descanso costero. Representan una fase en que el litoral era todavía menos denso, con amplios paños de playa, baja altura, áreas verdes, estacionamientos simples y recintos turísticos de escala menor.

Esa etapa de balneario rústico ayudó a preparar el escenario para la posterior mediterraneización del borde costero. Primero se consolidó una imagen turística de baja escala, vinculada a cabañas, hosterías, jardines, piscinas, quinchos y espacios recreativos. Luego se incorporaron con más fuerza edificios y recintos con tejas, arcos, colores cálidos, terrazas, balcones, piedra, madera y referencias hispano-mediterráneas. Más tarde, especialmente desde los años dos mil en adelante, el borde costero comenzó a recibir edificios más altos, fachadas blancas, vidrio, barandas transparentes y una estética más modernizante.
Entre los casos locales que permiten observar esta estética mediterraneizante pueden mencionarse Apart Hotel Sendero del Sol, Hotel Palmas de La Serena, Hotel La Serena Caja Los Andes, Hotel y Cabañas Campanario, Edificio Playa Mansa, Edificio El Galeón, Edificio La Alhambra, Edificio Piedra Negra, Condominio Aguamarina en Cuatro Esquinas, Edificio Paihuano y Montegrande, Apart Hotel La Fuente en Coquimbo, Apartamentos Las Tinajas, Cabañas Agua Marina, Condominio Puerto Edén, Serena Dream y el desaparecido Lido Italiano de La Herradura.

Quizás el caso más representativo de esta arquitectura de balneario mediterraneizante se encuentra hacia el límite sur de la conurbación La Serena-Coquimbo, en el complejo turístico de Las Tacas. Allí se reúnen con particular claridad varios de sus rasgos principales: volúmenes escalonados sobre la ladera, terrazas orientadas al mar, muros claros y cálidos, cubiertas de teja, referencias hispanas y mediterráneas, jardines, piedra, recorridos peatonales y una composición que busca integrarse visualmente con la bahía. Más que un edificio aislado, Las Tacas funciona como una operación paisajística y turística completa, donde la arquitectura construye una imagen de villa costera asociada al descanso, la exclusividad, el ocio marítimo y el contraste entre los tonos terrosos de la edificación, la vegetación y el azul intenso del océano.

Estos inmuebles no expresan una misma solución formal ni poseen el mismo valor arquitectónico, pero permiten reconocer un conjunto de estrategias comunes. Entre ellas, se encuentra la orientación hacia el mar, terrazas, balcones, jardines, piscinas, colores cálidos, techumbres inclinadas, elementos ornamentales y una imagen asociada al descanso litoral.
Los hoteles, apart-hoteles y cabañas representan con claridad la dimensión turística de esta arquitectura. En ellos, el valor no está solo en la fachada, sino en la experiencia espacial que proponen: ingreso vehicular, jardines interiores, piscinas, senderos, terrazas, espacios comunes y cercanía con la playa. Este tipo de recintos construyó una atmósfera de vacaciones, donde el edificio funcionaba como parte de una experiencia mayor de estadía costera.

Los edificios residenciales y condominios muestran otra dimensión del mismo proceso. Playa Mansa, El Galeón, La Alhambra, Piedra Negra, Aguamarina, Paihuano y Montegrande expresan la consolidación de la segunda vivienda, el arriendo de temporada y la residencia frente al mar. En ellos, la terraza, el balcón, la vista oceánica y la cercanía con restaurantes y paseos se transformaron en atributos centrales. Algunos mantuvieron rasgos mediterraneizantes más visibles; otros avanzaron hacia soluciones más contemporáneas, con mayor altura, líneas rectas y predominio de vidrio.
El nombre de algunos inmuebles también participa de esta construcción simbólica. Edificio La Alhambra, por ejemplo, remite a una referencia hispano-morisca, aunque no deba entenderse como una reproducción arquitectónica de ese modelo. Otros nombres, como El Galeón, Aguamarina o Piedra Negra, construyen asociaciones con el mar, el viaje, el paisaje, la localidad o la experiencia vacacional. En el mercado turístico e inmobiliario, la denominación de los edificios también contribuye a producir identidad y diferenciación.

La arquitectura mediterraneizante no solo apareció en hoteles, apart-hoteles o edificios frente al mar. También se extendió a barrios, villas y conjuntos residenciales próximos al borde costero, especialmente en sectores como Puerta del Mar, Peñuelas, Cuatro Esquinas, áreas interiores conectadas con Avenida del Mar, La Herradura y otros espacios de la conurbación. En estos casos, el lenguaje de balneario se trasladó desde la primera línea de playa hacia espacios habitacionales más cotidianos: viviendas de baja y mediana altura, condominios cerrados, pasajes interiores, jardines comunes, accesos controlados, cubiertas de teja, muros en tonos cálidos, rejas, arcos, balcones y pequeños patios. La estética mediterraneizante dejó de ser solo una imagen turística y comenzó a funcionar también como modelo residencial, asociado a seguridad, descanso, vida familiar y cercanía con el mar.

Un caso claro para sumar es Serena Golf. No solo porque algunas viviendas son promocionadas explícitamente como “estilo mediterráneo”, sino porque el conjunto se presenta como un desarrollo residencial de primera y segunda vivienda asociado a playa, piscinas, club house, canchas y vida recreativa, es decir, a una lógica de balneario planificado; una nota sectorial incluso menciona sus “piscinas de estilo mediterráneo” y barrios residenciales como Golf Poniente y Golf Oriente. En barrios residenciales de La Herradura y Sindempart, esta estética también se expresó en conjuntos de casas de baja altura, con cubiertas de teja, muros estucados en tonos ocres y cremas, arcos, rejas, jardines frontales y vegetación ornamental. Destacan casas como en pasaje Los Tesoros del Norte y Los Tesoros del Sur, en Coquimbo. Estos casos muestran cómo el imaginario mediterraneizante no quedó restringido a hoteles o edificios turísticos, sino que se trasladó a la vivienda familiar, construyendo una imagen barrial asociada al descanso, la cercanía al mar y la vida residencial costera.

Esta arquitectura se distingue del neocolonial, especialmente desarrollado durante el Plan Serena. Mientras el neocolonial buscó reforzar una imagen cívica, histórica y monumental de La Serena, especialmente en el centro urbano y en sus edificios públicos, la arquitectura mediterraneizante del borde costero respondió a otra lógica: turismo, ocio, residencia de temporada, restaurantes, hoteles y mercado inmobiliario. Ambas comparten algunos recursos formales, como arcos, tejas, estucos o referencias hispanas, pero su sentido urbano es distinto. El neocolonial construyó una ciudad institucional; lo mediterraneizante construyó una ciudad-balneario. En ese sentido, aunque esta estética mediterraneizante no se vinculara programáticamente con el estilo neocolonial, posee ciertos elementos de continuidad visual que permite sostener cierta complementariedad entre ambas.

En las últimas décadas, esta arquitectura mediterraneizante comenzó a coexistir con una estética más modernizante. Los nuevos proyectos y remodelaciones han incorporado mayor altura, fachadas blancas, volúmenes limpios, líneas rectas, superficies vidriadas, barandas transparentes y terrazas continuas. La paleta cálida de terracotas, ocres, tejas, piedra y madera no desapareció, pero dejó de ser dominante en varios sectores. En su lugar avanzó una imagen de luminosidad, transparencia y neutralidad, donde el blanco y el vidrio buscan reforzar la vista al mar y proyectar una idea de modernidad costera.
Hoy, el borde costero de La Serena-Coquimbo muestra la coexistencia de varias capas arquitectónicas. Persisten recintos de balneario de baja escala, edificios mediterraneizantes de fines del siglo XX y torres contemporáneas de estética blanca y vidriada. Esa convivencia convierte al litoral en un archivo urbano de las distintas formas en que la ciudad ha imaginado su relación con el mar: primero como espacio recreativo abierto, luego como balneario turístico y finalmente como frente inmobiliario metropolitano.

La arquitectura mediterraneizante del borde costero no debe entenderse como una simple decoración ni como una copia literal de modelos europeos. Pese a que no todos estos edificios poseen mérito arquitectónico individual ni todos requieren protección específica, ya que muchos responden a fórmulas comerciales repetidas o a soluciones propias del mercado inmobiliario, sin embargo, como conjunto, permiten leer una etapa importante de la historia urbana reciente de La Serena y Coquimbo: el momento en que el borde costero construyó una imagen litoral propia, mezclando referencias hispanas, mediterráneas, turísticas y comerciales. En sus tejas, terrazas, colores cálidos, jardines, balcones y contrastes con el azul del océano se expresa una etapa precisa de la historia urbana local: la invención de una ciudad-balneario entre la tradición, el turismo y la expansión inmobiliaria.
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