La Serena posee una densidad histórica y patrimonial poco frecuente entre las ciudades chilenas de su tamaño. Cuenta con un museo arqueológico de larga trayectoria, el Museo Histórico Gabriel González Videla, colecciones religiosas, un museo mineralógico, espacios universitarios y un importante patrimonio distribuido entre iglesias, edificios públicos y colecciones privadas. El problema no es, por tanto, la ausencia absoluta de museos. Es que una parte considerable de aquello que permitiría explicar la ciudad, sus artes y su territorio permanece reunido en instituciones de alcance muy amplio, disperso entre distintos propietarios o simplemente sin un espacio museal especializado que permita investigarlo y exhibirlo de manera permanente.
El primero que falta es un Museo de la Ciudad de La Serena. Su función sería distinta a la del actual Museo Histórico Gabriel González Videla, cuya misión combina la trayectoria del expresidente con la historia regional y conserva más de 3.500 piezas de historia y bellas artes. Un museo de ciudad tendría como objeto específico a La Serena: su ocupación prehispánica, fundación y refundación, vida colonial, transformaciones republicanas, minería y comercio, migraciones, barrios, terremotos, Plan Serena, expansión hacia la costa y conformación de la actual área metropolitana. Santiago posee desde 1981 el Museo de Santiago Casa Colorada, cuya museografía renovada explica precisamente la evolución de la ciudad y de sus habitantes desde las primeras ocupaciones del valle del Mapocho hasta el presente. La Serena posee material suficiente para construir un relato igualmente complejo sobre su propia trayectoria urbana.
También sería valiosa una casa museo dedicada a la vida doméstica del siglo XIX. El inmueble del Museo Gabriel González Videla fue construido en 1892 y conserva una importante dimensión residencial, pero su interpretación está necesariamente vinculada a la figura presidencial y a las colecciones históricas regionales. Una casa museo distinta podría reconstruir la manera en que se habitaba La Serena durante el siglo XIX: dormitorios, comedor, cocina, patios, mobiliario, iluminación, abastecimiento de agua, labores domésticas y diferencias entre los espacios familiares y de servicio. Su objeto patrimonial sería la propia forma de habitar. Experiencias como el Palacio Cousiño en Santiago demuestran cuánto puede explicar una vivienda cuando su arquitectura y sus objetos se presentan como testimonios de la vida cotidiana de una época. Por lo demás, en la ciudad existe una gran cantidad de inmuebles en el centro histórico que podrían servir a estos fines, como la Casa Herreros, la Casa Carmona o la Casa Jiliberto.
Probablemente existe todavía mayor fundamento para pensar en un Museo de Bellas Artes o de Artes Visuales. La ciudad ya dispone de un núcleo importante sobre el cual construirlo. El Museo Gabriel González Videla conserva la Pinacoteca Oscar Prager y otras colecciones de bellas artes, con obras de autores como José Gil de Castro, Juan Francisco González, Onofre Jarpa, Nemesio Antúnez, Inés Puyó y Mario Toral, además de grabados, dibujos y pintura chilena contemporánea. A ello podrían sumarse, mediante comodatos y exposiciones temporales, obras pertenecientes a universidades, instituciones religiosas y otras colecciones regionales. El arte colonial religioso permitiría explicar varios siglos de producción visual, mientras los artistas contemporáneos regionales encontrarían una institución estable para exhibir, investigar y eventualmente incorporar su obra a colecciones públicas. La actividad reciente del Salón de Julio demuestra que esa producción continúa vigente.
Un museo de este tipo tampoco tendría que competir con las instituciones existentes. Podría producir precisamente el efecto contrario: liberar al Museo Histórico Gabriel González Videla de la obligación de representar simultáneamente historia presidencial, historia regional y artes visuales, permitiendo que cada colección alcance una profundidad difícil de conseguir cuando debe compartir un espacio limitado. Santiago diferencia, por ejemplo, el Museo Histórico Nacional del Museo Nacional de Bellas Artes y del Museo de Santiago. La especialización permite investigar mejor las colecciones y construir relatos museográficos más consistentes.
Otro vacío corresponde a un Museo de Arte Popular, dedicado a producciones que tradicionalmente han permanecido fuera de la categoría de las bellas artes. La Región de Coquimbo posee una diversidad considerable de artesanías, oficios y materialidades que permitirían reunir cerámica, tejidos, cestería, tallas, trabajos en piedra, metal, imaginería religiosa y objetos vinculados a comunidades rurales y costeras. El referente chileno más evidente es el Museo de Arte Popular Americano Tomás Lago, creado en la Universidad de Chile en la década de 1940 precisamente para investigar y otorgar reconocimiento cultural a producciones populares entonces subvaloradas. Su colección actual comprende alfarería, cestería, imaginería, orfebrería, pintura, talabartería, talla y textiles, entre otras categorías.
La Serena también podría albergar un Museo de Historia Natural del Norte Chico. El Museo Arqueológico cumple una función fundamental respecto de las sociedades que ocuparon este territorio y la Universidad de La Serena posee además un relevante museo mineralógico, pero falta una institución donde flora, fauna, geología, paleontología y ecosistemas sean presentados conjuntamente. El territorio ofrece un relato particularmente fértil: cordillera y costa, humedales y ambientes marinos, desierto florido, especies endémicas, aves migratorias, corriente de Humboldt, recursos minerales y transformaciones ambientales. Los museos de Historia Natural de Valparaíso y Concepción demuestran que este tipo de institución no tiene por qué permanecer concentrada en Santiago. El Museo Nacional de Historia Natural, por ejemplo, estructura su trabajo en botánica, entomología, paleontología y zoología de vertebrados e invertebrados, además de antropología, combinando exhibición con investigación y conservación científica.
El caso del patrimonio religioso es diferente, porque La Serena no parte desde cero. La Catedral poseía una sala de arte religioso con piezas litúrgicas y pinturas del siglo XVIII, mientras que también existió un Museo Colonial en las dependencias del antiguo convento de San Francisco. Mediante acuerdos con el Arzobispado y otras comunidades religiosas podría desarrollar además exposiciones temporales sobre un acervo que permanece distribuido entre iglesias, conventos y depósitos. El Museo Histórico Dominico y el Museo de la Catedral de Santiago muestran que una colección religiosa puede ser simultáneamente un espacio confesional, histórico, artístico y de investigación.
La Serena ha construido durante décadas una imagen de ciudad histórica y cultural. Sin embargo, esa condición necesita instituciones capaces de interpretar la extraordinaria cantidad de patrimonio que todavía conserva. Un museo de ciudad, una casa dedicada a la vida doméstica del siglo XIX, un museo de artes visuales, otro de arte popular, uno de historia natural y una institución religiosa fortalecida no responderían al deseo de acumular museos por prestigio. Cada uno permitiría explicar una dimensión de la ciudad que actualmente permanece incompleta, dispersa o insuficientemente visible. Una ciudad con tanta historia debería disponer también de más lugares donde aprender a comprenderla.
